Queridos hermanos y hermanas:
El 16 de noviembre, XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, celebramos la IX Jornada Mundial de los pobres con el lema «Tú, Señor, eres mi esperanza» (cf. Sal 71,5), que encabeza el mensaje del papa León XIV. El Papa destaca que son palabras que brotan de un corazón oprimido por graves dificultades, tal y como refleja el versículo 20 de este salmo: «Me hiciste pasar por muchas angustias».
No obstante, el salmista se muestra abierto y confiado, porque permanece firme en la fe reconociendo el apoyo de Dios. De ahí nace la seguridad de que la esperanza en el Señor no defrauda. En medio de las pruebas de la vida, el Papa dice que «la esperanza se anima con la certeza firme y alentadora del amor de Dios, derramado en los corazones por el Espíritu Santo. Por eso no defrauda (cf. Rm 5,5), y san Pablo puede escribir a Timoteo: “Nosotros nos fatigamos y luchamos porque hemos puesto nuestra esperanza en el Dios viviente” (1Tim 4,10)».
Durante este Año Jubilar hemos recordado que nuestra fe en Cristo vivo es el fundamento y la raíz de nuestra esperanza. Como dice León XIV, el Dios viviente es el Dios de la esperanza; y Jesucristo, muerto y resucitado, es nuestra esperanza. Una certeza que nos anima a caminar como peregrinos de la esperanza, superando cualquier fatiga, porque la meta es tan grande que justifica nuestro esfuerzo (cf. Spe salvi, 1)
Por otra parte, esta Jornada debe ayudarnos a considerar a las personas pobres también como testigos de esperanza fuerte y fiable, especialmente porque la reciben y testimonian en situaciones de precariedad, vulnerabilidad, exclusión y marginación, a veces desconocidas o inimaginables por su crudeza. Algunas de estas personas quizá han esperado salir de su situación por medio del poder o el tener y han resultado ser víctimas de ellos.
El Santo Padre afirma que la esperanza debe reposar en otro lugar, reconociendo en Dios la primera y única esperanza que nos ayuda a pasar de «esperanzas efímeras» a una «esperanza duradera». Es todo un desafío para los cristianos creer en Dios como el verdadero y único tesoro del que tenemos necesidad, para anunciárselo al pobre. Si cada uno de nosotros no lo vive con todas las consecuencias, no podrá transmitírselo al que necesita lo imprescindible para vivir dignamente.
Para practicarlo y ser testigos de esta verdad de fe, debemos ser consecuentes con el versículo 20 de la primera carta de san Juan, citada por el papa León: «El que dice: “Amo a Dios”, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?» (1Jn 4,20).
Aprendamos un poco más a ver y tratar a los pobres como nuestros hermanos y hermanas, y que nuestra cercanía fraterna sea compromiso que denuncie y combata cualquier forma de pobreza. Asimismo, demos impulso esperanzador a las iniciativas que busquen apoyar y ayudar en justicia a quienes viven en la pobreza, de modo que lleguen a tener condiciones dignas de trabajo, educación, vivienda y salud, en medio de una esmerada acogida, protección, promoción e integración por nuestra parte, como nos invitó a hacer el papa Francisco.
¡Bienaventurada IX Jornada Mundial de los pobres para vivirla y testimoniarla en amor y en esperanza!
Con mi afecto y bendición.
✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León








