Queridos hermanos y hermanas:
Hemos celebrado con gozo y esperanza nuestra XXIV Semana de Pastoral. Han sido unos días de gracia, de escucha, de vida compartida, de aprendizaje y crecimiento sinodal. Ahora viene un tiempo para redactar la «carta sinodal» que recibiremos el próximo 19 de octubre en la Eucaristía de envío en la catedral a las seis de la tarde. Una «carta» para anunciar mejor el Evangelio de Jesús en León en estos tiempos con el discernimiento de la profecía de Isaías: Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena noticia, que pregona la justicia y que dice a Sión: «¡Tu Dios reina!» (Is 52,7).
Los más de trescientos participantes en la Semana y el resto de los diocesanos continuamos el camino juntos —sinodalmente— con la confianza de que Dios camina siempre con nosotros. Sabemos que los pies “hermosos sobre los montes” son los del Señor, que es el Mensajero y el mensaje. Él es la paz y proclama la paz, es la buena noticia y anuncia la buena noticia, es la justicia y pregona la justicia, es Dios y nos dice: «Dios reina».
En esta peregrinación de esperanza recibimos la llamada del Señor a ser mensajeros y mensajeras con nuestros pies dispuestos a caminar, porque la misión es itinerante. Cada discípulo misionero de Jesús proclama la paz que tiene en su interior y comparte en comunión fraterna; anuncia a Cristo que vive en él y es fuente de vida, salvación de toda la humanidad, liberación de toda opresión y le reconoce en los sacramentos, especialmente en la fracción del pan y en los hermanos y hermanas; pregona la justicia porque la evangelización es un mensaje que afecta a toda la vida en conexión con la promoción humana (cf. EN 29-31) y con los cuidados de las personas y de la casa común con una ineludible dimensión social.
Esta buena noticia se corona cuando el Mensajero, Cristo vivo, “dice” que Dios vive y reina en León para darnos la paz y la alegría de vivir, para consolarnos y fortalecernos de modo que superemos las contrariedades, sobre todo cuando parecen insuperables. Además, su vida entre pueblos, entre barrios, entre hermanos, nos urge a la conversión pastoral y misionera para no dejar las cosas como están (cf. EG 25) y abandonar el cómodo criterio pastoral del «siempre se ha hecho así» (cf. EG 33).
Por todo ello, somos testigos de la esperanza que no defrauda, discípulos misioneros con Espíritu. Somos testigos auténticos, creyendo lo que anunciamos, viviendo lo que creemos y transmitiendo lo que vivimos (cf. EN 76) con palabras y con la vida (cf. EG 259). Somo testigos que no tememos a la acción del Espíritu Santo y mostramos y damos a conocer el amor de Jesús (cf. EG 259 y 264).
Somos testigos que oramos y trabajamos por los demás, por el bien común (cf. EG 281); que experimentamos el gusto espiritual de ser pueblo, ser cercanos a la vida de la gente, tocar las llagas del Señor en los pobres, hacer familia, tejer relaciones fraternas (cf. EG 268-274; DF 17); que nos descubrimos como una misión en la tierra (cf. EG 273); que experimentamos a Cristo resucitado fuente de nuestra esperanza y confiamos en el Espíritu Santo para mantener el ardor misionero (cf. EG 275; 280). Somos testigos que asumimos un estilo mariano mirando a la Virgen del Camino que nos acompaña a cada paso, para creer en la revolución de la ternura y del cariño (cf. EG 288).
Que no nos cansemos de ser testigos de la esperanza, discípulos misioneros con Espíritu y sonriamos al proclamar la paz, cuando anunciemos a Cristo vivo que vive y reina en León y cuando pregonemos la justicia. Con una sonrisa evangelizadora, podemos ser los mensajeros que el Mensajero quiere.
Con mi afecto y bendición.
✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León







