D. José-Román Flecha Andrés – (Diario de León, 07/06/2026)
Considerando las “cosas nuevas” que presentaba la sociedad a finales del siglo XIX, el papa León XIII iniciaba la Doctrina social de la Iglesia. Ahora el papa León XIV nos invita en su primera encíclica a reflexionar sobre las “cosas nuevas” que nos ofrece la tecnología.
En su primera encíclica “Magnifica humanitas”, ocupa un puesto central su consideración de la inteligencia artificial: una ayuda muy valiosa que requiere una seria atención. Con esa intención, el Papa nos ofrece algunos puntos fundamentales:
- “Las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad”.
- Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias”.
- El uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico: cuando entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad.
- No podemos considerar a la IA como moralmente neutra. Todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones.
- Para que la IA respete la dignidad humana y sirva realmente al bien común, es esencial que esté clara la responsabilidad de quienes diseñan y programan los sistemas y hasta de quienes los utilizan.
- Es preciso discutir el código ético que debe ser usado, sometiéndolo a criterios de justicia social compartida. De lo contrario, quien controla la IA impondrá su propia visión moral, que se convertirá en la infraestructura invisible de los sistemas.
- El riesgo es que la IA haga parecer justa y normal una visión antihumana, según la cual la plenitud de la vida consistiría en tener más, reducir la fragilidad, eliminar lo imprevisto y controlarlo todo.
- No se trata ciertamente de oponerse a la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana.
- La calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función.
- El Papa nos invita a contemplar en el rostro del Hijo de Dios una magnífica humanidadque también ilumina la época de la IA. El hombre es un colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad








