Queridos hermanos y hermanas:
Nos disponemos a vivir la Semana Santa para adentrarnos en el misterio de Jesucristo, que entrega su vida por amor y nos abre definitivamente el camino de la vida nueva y eterna. Deseando recibir los efectos de su Pascua en nuestra vida, este año 2026 os invito a abrir el corazón con renovada profundidad al anhelado y apremiante don de la paz, a la fuerza transformadora de la Buena Noticia y al compromiso evangélico con la justicia, como venimos recordando desde el inicio del curso.
A la luz del camino recorrido durante la Cuaresma —tiempo de conversión en el que el papa León XIV nos invitaba a escuchar, ayunar y caminar juntos—, celebremos ahora los días santos, dejando que la gracia del Señor, maltratado, crucificado, muerto y resucitado, nos configure como discípulos y mensajeros, a imagen del Mensajero. Por tanto, más generosos, más fraternos y más disponibles para la misión que implica proclamar la paz, anunciar la Buena Noticia y pregonar la justicia. Somos peregrinos. Somos papones. Somos mensajeros.
¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del Mensajero que proclama la paz! (cf. Is 52,7)
Contemplemos la paz brotando del costado abierto del Redentor —el Mensajero—, que se convierte en un don para toda la humanidad. El Señor perdona desde la cruz, reconcilia incluso en medio del sufrimiento, transforma el odio en perdón y la crueldad en misericordia.
Que esta Semana Santa sea fuente de paz que nace de la oración profunda, se hace gesto concreto de reconciliación y se convierte en testimonio humilde e implicado, a través de la contemplación y la acción, ante un mundo desgarrado por la guerra y la violencia. Dejemos que el Señor resucitado cure nuestras heridas y nos envíe como artesanos de paz allí donde vivimos, trabajamos y servimos.
¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del Mensajero que anuncia la Buena Noticia! (cf. Is 52,7)
Dispongámonos a celebrar y vivir la Pascua, en la que resuena, luminosa, la Buena Noticia: Cristo vive, camina con nosotros y renueva nuestra esperanza. Anunciar la Buena Noticia es dejar que ella transforme nuestro modo de mirar, de hablar y de actuar. Es llevar la alegría del Evangelio a quien sufre y está triste.
Cada cristiano es mensajero de luz en medio de la oscuridad, porque Cristo Resucitado es nuestra luz, nuestra alegría y nuestra fuerza. Que esta Semana Santa nos renueve como testigos valientes y confiados de la presencia viva del Señor en León, en su Iglesia y en el mundo. Esto es anuncio de la Buena Noticia.
¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del Mensajero que pregona la justicia! (cf. Is 52,7)
Desde la cruz, Cristo nos revela el amor de Dios, que se inmola por todos y que defiende siempre la dignidad de cada persona. La justicia que nace del Evangelio es activa, comprometida y misericordiosa; es la justicia del que se pone del lado de los más vulnerables y trabaja por una sociedad más fraterna, justa y solidaria.
La limosna cuaresmal y nuestras obras de caridad se transforman ahora en anuncio pascual: en la opción por los pobres, en la defensa de los derechos de quienes no cuentan, en el cuidado responsable de la creación, en la construcción de comunidades donde nadie quede excluido. Que la Pascua despierte en nosotros un corazón con hambre y sed de justicia, dispuesto a servir humildemente sin cansancio.
Encomendamos este itinerario santo a María, Madre de la Paz, de la Buena Noticia y de la Justicia, Nuestra Señora de los Dolores y de la Esperanza. Ella nos acompaña toda la Semana Santa hasta el silencio del Sábado y nos precede en la alegría del alba pascual. Caminemos de su mano hacia la luz del Resucitado, con la ayuda de las celebraciones litúrgicas, de las procesiones sentidas y de otros actos de fe y oblación, de suerte que podamos llegar a ser una Iglesia que proclama, anuncia y pregona, con obras y palabras, la salvación de Dios.
Con mi afecto y bendición.
✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León








