«Pascua, tiempo de esperanza»

Queridos hermanos y hermanas:

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Feliz tiempo de esperanza!

La alegría de la Resurrección del Señor ha de llenar nuestros corazones cristianos para caminar durante el tiempo pascual como hombres y mujeres de esperanza. La fe en el Resucitado inaugura un tiempo esperanzado en medio de una realidad que continúa siendo la misma, pero no nubla nuestro anhelo de un futuro nuevo que es el tiempo de Dios.

Después de celebrar una Semana Santa bajo el signo de la esperanza, durante la Pascua podemos experimentar que aumenta el deseo y la expectativa del bien que hay en cada uno de nosotros. Aunque el mañana tiene imprevistos, la Resurrección de Cristo nos da confianza, paz y certeza para vencer miedos, abatimientos y dudas. Cobra fuerza la exhortación de Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses de modo que con la hondura de la experiencia pascual no nos dejemos afligir «como los que no tienen esperanza» (1Ts 4,13), sino todo lo contrario.

Jesucristo, vivo y glorioso, nos ofrece la seguridad de que la vida del ser humano no acaba en el vacío, en la nada, en el sinsentido. Este horizonte esperanzador del seguimiento de Jesús hace más llevadero el camino de la existencia humana. Más aún, cambia la vida. Porque la fe es esperanza y «la puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva» (Spe salvi 2).

Aunque surjan incertidumbres, la vida nueva y eterna se nos ofrece como la plenitud de la satisfacción que todo ser humano anhela. Benedicto XVI afirma que «sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tiempo –el antes y el después– ya no existe […] es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría» (Spe salvi 12).

Caminar esperando estar simplemente desbordados por la alegría y percibir destellos que anticipan ese momento pleno, aunque sea someramente, merece la pena en medio de las tristezas que nos rodean e influyen o brotan de nuestro interior. Mientras peregrinamos, esperemos ver al Señor cara a cara, que se alegre nuestro corazón y que nadie nos quite nuestra alegría (cf. Jn 16,22).

Este futuro alentador surge del amor del Crucificado que, con su entrega sin límites hasta la muerte, nos da vida y nos concede vivir esperanzados. Igualmente, el Espíritu Santo irradia en nosotros la luz de la esperanza que no engaña ni defrauda porque está fundada en la certeza de que nada ni nadie nos separará del amor de Dios (cf. Spes non confundit 3). La Virgen Madre del Resucitado es imagen del amor y de la alegría pascuales.

Apremia una peregrinación de la esperanza en la que seamos mucho más conscientes de la trascendencia y la feliz tarea de caminar juntos, «como granos que hacen el mismo pan». Lo cual es un signo de esperanza que toma la forma —siempre antigua y siempre nueva— de la sinodalidad, con un compromiso misionero que empieza por los más débiles y necesitados de la tierra.

Hagamos de nuestra felicitación pascual un himno coral a Jesucristo resucitado, esperanza que no defrauda. «Hacia él se dirigen nuestros pasos de peregrinos de la esperanza, granos de trigo que hacen el mismo pan compartido de este pueblo del Camino».

Con mi afecto y bendición.

✠ Luis Ángel de las Heras, cmf
Obispo de León