Tú, Señor, eres mi esperanza (cf. Sal 71,5)
✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León
Queridos hermanos y hermanas, en esta IXª Jornada Mundial de los Pobres en el Año Jubilar decimos con fe: «Tú, Señor, eres mi esperanza» (cf. Sal 71,5), como nos invita el papa León XIV en su mensaje.
La Palabra de Dios de este domingo nos insta a buscar lo esencial con esperanza. Esencial es el día decisivo de la actuación de Dios, que profetiza Malaquías, en el que si hemos vivido según el plan del Señor —entre otras cosas tratando al pobre como hermano—, esperamos que nos ilumine el sol de justicia, pues él llega para regir con rectitud. Esencial es el trabajo de nuestras manos, digno medio de vida para no ser gravosos a los hermanos, como avisa el apóstol Pablo a los tesalonicenses, que nos hace solidarios con el pobre. Esencial es este mundo lleno de convulsiones y causas de pobreza que anuncian el nacimiento del reino de Dios, mientras nos fiamos del Señor que no nos deja perecer y es esperanza para el pobre, porque trae la cálida luz que disipa las frías sombras y fija sus ojos en el necesitado.
En suma, la Palabra de Dios nos exhorta a la confianza y a la valentía para acoger y testimoniar una esperanza paciente y activa en medio de las pruebas de esta vida que pueden fatigarnos, pero nunca paralizarnos.
En esta Jornada, miremos a nuestros hermanos y hermanas pobres, testigos de la esperanza fuerte y fiable en medio de situaciones de precariedad, vulnerabilidad, exclusión y marginación, a veces desconocidas o inimaginables por su crudeza.
Con la confianza y la valentía que Cristo nos infunde, anunciemos al pobre por medio de nuestro compromiso de justicia y caridad que Dios y la esperanza en él son la mayor riqueza que nos permite denunciar y combatir cualquier forma de pobreza.
En consecuencia, demos impulso esperanzador a las iniciativas que busquen apoyar y ayudar, como dice el papa León, «a los más pobres entre los pobres», de modo que lleguen a tener condiciones dignas de trabajo, educación, vivienda y salud.
Todo ello, con una esmerada acogida, protección, promoción e integración de las personas pobres, como nos invitó a hacer el papa Francisco.
Que el banquete eucarístico renueve nuestra esperanza y la compartamos con nuestros hermanos y hermanas pobres para decir de palabra y obra, todos juntos, con confianza y valentía: «Tú, Señor, eres mi esperanza; Tú, Señor, eres nuestra esperanza» (cf. Sal 71,5).
Amén.








