✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León
Desde el comienzo de la celebración esta hermosa catedral al aire libre evoca las maravillas de la Creación de las que tenemos unas extraordinarias muestras en León, razón de más para ser sus cuidadores o custodios.
Damos gracias a Dios en esta Eucaristía una vez que estrenamos formulario propio con este motivo que nos viene reuniendo estos años en el Tiempo de la Creación que por iniciativa del papa Francisco venimos celebrando desde hace ya diez años, cuando publicó la encíclica Laudato Si’, para tomar conciencia de lo importante que es salvaguardar la casa común.
Quiero hacer presente esta tarde en nuestra Eucaristía la «Cumbre Amazónica del Agua» de la que nos hace partícipes Mons. Miguel Ángel Cadenas, OSA, misionero agustino natural de Laguna de Negrillos, Obispo Vicario Apostólico de Iquitos en Perú.
En Iquitos, desde ayer 1 de octubre y hasta mañana día 3, se reúnen religiosos, líderes sociales, representantes de pueblos indígenas y científicos para abordar la urgente crisis hídrica que afecta a la Amazonía.
El propósito de la Cumbre es dar visibilidad a los graves impactos ambientales, promover el derecho universal al agua y establecer un compromiso firme para la protección de los ríos y ecosistemas. Merecen nuestra oración, recuerdo y espíritu solidario y de comunión.
Hermanos y hermanas, el agua en crisis que hacíamos presente al comienzo con el recuerdo de la Cumbre de Iquitos, nos hace pensar en el agua de nuestro bautismo. Agua viva que nos da vida eterna. Agua que perdona nuestros pecados y que, por tanto, es signo de conversión.
Por eso lo primero que podemos preguntarnos esta tarde es si estamos en camino de conversión ecológica como consecuencia de nuestra fe bautismal o nos son indiferentes los desastres naturales. Hemos vivido muy cerca los incendios de este verano que no podemos olvidar.
Hay también desastres naturales que son causados por excesos humanos desde el derroche y consumo que agrede la naturaleza hasta el calentamiento global y las guerras. A todo lo cual responde el lema de la Jornada Mundial por el Cuidado de la Creación en este Año Jubilar: “Semillas de paz y esperanza”.
El evangelio que hemos escuchado puede ser espejo donde nos veamos como habitantes de este mundo. El miedo ante la tormenta bien podemos tenerlo nosotros como lo tiene una buena parte de la humanidad. Ahora bien, nosotros proclamamos que hemos encontrado la esperanza que no defrauda en Jesucristo, salvador del mundo, con poder para calmar la tormenta que atravesamos en estos tiempos.
El suyo es un poder que no altera, no causa zozobra, sino que calma, trae paz, porque él es la paz (paz con la creación). El no destruye, sino que construye, da vida porque es el autor de la vida.
El papa León XIV comenta este texto diciendo que sobre la barca en la tormenta Cristo se eleva erguido, como si el autor quisiera mostrarnos al Resucitado, presente en nuestra tempestuosa historia. Y también dice que cuando Jesús increpa al viento y al mar manifiesta su poder de vida y salvación, que se impone a aquellas fuerzas ante las cuales aquellos pobres hombres se sienten perdidos. Y, lógicamente, surge la pregunta: “¿Quién es este…?”.
Sigue diciendo el Papa que el himno de la carta a los Colosenses que hemos leído hoy parece responder a la última pregunta del texto evangélico: «Él es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas» (Col 1,15-16). Nosotros podemos responder con todo el himno y sentirnos parte de Cristo, Cuerpo de Cristo vivo que tiene la primacía de todo. Como miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia, tenemos su misma misión y, por tanto, la misión de cuidar la creación con paz y reconciliación sin cansarnos.
Tomemos sustento de la Eucaristía para realizar la misión del cuidado de la Creación, sabiendo que, como dijo el papa Francisco, «en la Eucaristía lo creado encuentra su mayor elevación» (LS 236). Finalmente, oremos con esta alabanza agustiniana que el papa León XIV recordó: «Señor, te alaban tus obras para que te amemos, y te amamos para que te alaben tus obras» (San Agustín, Confesiones, XIII, 33,48). Amén.







