D. Florentino Alonso Alonso – (Diario de León, 02/05/2026)
¿Pueden vivir juntas las personas durante meses, incluso años, y decir que no se conocen? ¿Se puede compartir casa y mesa con alguien sin llegar a conocerlo en profundidad? La experiencia nos dice que quienes comparten muchas cosas (esposos, hermanos, compañeros de estudio o trabajo,…) pueden no llegar a compartir lo más sagrado de sí mismos: su vida interior. Se comparten tiempo, dinero, lugares, aficiones, ideas, incluso el propio cuerpo, como los esposos, y sin embargo el corazón, identidad personal del otro, puede resultar ajeno, extraño, lejano.
Algo así les pasó a Tomás y a Felipe con Jesús. Habían compartido con él camino y mesa; le habían escuchado hablar del Padre; les había sorprendido su sencillez y, al tiempo, su grandeza, su entrega a la voluntad del Padre y, a la vez, su gran libertad ante los hombres. Pero no le conocían realmente, no habían entrado en el misterio de Dios que era Jesús. Por eso preguntan: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?»; y piden: «Señor, muéstranos al Padre; eso nos basta». Jesús les replica, a la vez dura y cariñosamente: «Nadie puede llegar hasta el Padre, sino por mí… El que me ve a mí, ve al Padre… Debéis creerme cuando afirmo que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,1-12).
También nosotros podemos llevar años siguiendo a Jesús, oyéndole, contemplándole en su camino entre los hombres, viendo sus milagros… pero aún no hemos descubierto que es el rostro visible del Padre Dios. Jesús es Dios hecho hombre; tal vez esta afirmación, a fuerza de ser oída y proclamada, haya perdido su fuerza y ejerza de velo que impide a la fe ver con nitidez. Jesús es Dios; acercándonos a él, conociéndole, conocemos y nos acercamos al corazón de Dios, a su misterio. La catequesis más excelsa sobre el Padre Dios es la que nos da el Hijo Dios. Los evangelios son la plasmación de la vida de Dios con nosotros, o mejor, del Dios vivo entre nosotros. Así, no creemos en un Dios lejano y ajeno, sino cercano y familiar, que comparte nuestra vida y puede ser contemplado en nuestra historia. Si damos crédito a su palabra y continuamos su obra nos encaminará con él hacia el encuentro con el Padre.








