D. Florentino Alonso Alonso – (Diario de León, 07/02/2026)
Mediante tres parábolas, nos muestra el Señor este domingo qué es ser discípulo suyo: sal de la tierra, luz del mundo y ciudad visible en lo alto de un monte. Las tres imágenes convergen en la misma dirección: el testimonio de la propia vida al servicio de los demás. Según Jesús, «vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13-16). Cuando la sal se añade a un alimento se disuelve en él y le da sabor. Cuando el Evangelio de Jesucristo entra en la persona la sazona y le da sabor. Discípulo de Cristo no es el que sabe mucho de Dios, sino el que lo ha saboreado y ha experimentado su Misterio; saca su potencia transformante de Cristo y de la relación vital con Él. A mayor vida de gracia y de fe, a mayor vivencia del Evangelio, mayor eficacia. Por el contrario, a menor relación con Cristo, mayor esterilidad. Al margen de Cristo, un cristiano no vale ni sirve para nada; es el desprecio del mundo. La luz ilumina las cosas y permite verlas en su justo punto. A mayor claridad, mayor visión; a mejor visión, mejor discernimiento y valoración de la realidad. ¿Quieres tener luz en tu vida? ¿Quieres ser luz para tu entorno? «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora… Cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía» (Is 58,7-10). Nuestras oscuridades son fruto del encierro en una fe falsa que no va a los hechos. Cuando la luz se aísla y encierra, cuando por miedo o vergüenza se mete «debajo del celemín», cuando pretendemos una vida luminosa sólo con palabras bonitas, la luz se apaga y deja de alumbrar. Sin compromiso por el Reino la luz de la fe se muere. Somos discípulos, llamados a situarnos sobre el candelero y a dar testimonio de Jesucristo, a fin de que todos vean nuestras buenas obras y den gloria al Padre de los cielos.








