Liturgia Dominical – LA ALEGRÍA DE LA PRESENCIA DEL SEÑOR RESUCITADO

D. Florentino Alonso Alonso – (Diario de León, 11/04/2026)

La cincuentena Pascual es el tiempo fuerte que se prolonga durante siete semanas, desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés, celebrada como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo, conscientes de que, libres del pecado y de la muerte en virtud de la resurrección de Cristo y rescatados por el precio infinito de su Sangre, caminamos alegres hacia la gloria que Él nos señala y hacia la verdadera libertad.

Las lecturas de este segundo domingo de Pascua destilan gozo a impulso de la alegría de la Pascua. «Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 117). La primera carta de Pedro nos recuerda que la resurrección de Jesucristo nos ha hecho renacer de nuevo para una esperanza viva (1Pe 1,3-9). El pasaje evangélico (Jn 20,19-31) nos describe con lujo de detalles el encuentro de los apóstoles con Jesús Resucitado que les da la paz que sólo Él puede dar, que instituye el sacramento del perdón y la misericordia, y que hace del incrédulo Tomás el gran apóstol de la fe que proclama a Jesús: «Señor mío y Dios mío». Y la primera lectura (Hch 2,42-47) nos hace vivir el clima gozoso de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén en la que «los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones» y la unidad y la caridad eran la señal visible del gozo y de la alegría de la fe.

La alegría y la paz son los frutos de la Pascua y el regalo de Cristo Resucitado. Ciertamente creer en el Resucitado supone arriesgarse a vivir de una manera totalmente distinta, a despojarnos de nuestros esquemas racionalistas y de nuestras propias seguridades, a salir de nosotros mismos, a reconocer la presencia del Señor en medio de nuestras vidas, a fiarnos de su palabra y a ser testigos suyos en la vida cotidiana sin miedo alguno, ya que contamos con la fuerza de su Espíritu. La presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros disipa nuestros miedos, destruye nuestros pecados y nos abre las puertas de la esperanza y de la alegría sin fin.