D. Jesús Miguel Martín Ortega – (Diario de León, 07/03/2026)
Una de las características del hecho religioso es la de tratarse de un fenómeno humano que denota capacidad racional y búsqueda de sentido. El encuentro de Jesús, con la samaritana pone de relieve, precisamente, esa capacidad racional y búsqueda de sentido.
Jesús llega, cansado del camino, a Sicar, ciudad de Samaría, al lugar donde está el pozo de Jacob. El bochorno de la hora sexta obliga a resguardarse del sol y a refrescarse. Sentado en el brocal, recupera el resuello. Pronto aparece una mujer a buscar agua. Hasta aquí, la escena parece de lo más normal. Pero, de repente, se produce lo inesperado. Jesús rompe el silencio con un dame de beber. Teniendo en cuenta que los judíos no se tratan con los samaritanos, teniendo en cuenta quién es el que pide y a quien se lo pide, la escena se ha convertido en lo más inaudito. Quien todo lo puede pide a quien nada puede, ni siquiera calmar su sed.
Ante el dame de beber de Jesús, la samaritana manifiesta su sorpresa. Siendo judío le habla y lo hace sin superioridad ni menosprecio; al contrario, pidiendo ayuda. Jesús añade: Si conocieras que Dios es un regalo y conocieras a su enviado le pedirías tú y él te daría agua viva. Ella desconcertada pide que le explique eso del agua viva. Jesús le dice con sencillez que quien beba del agua del pozo volverá a tener sed pero con el agua que él le dará nunca más tendrá sed pues salta hasta la vida eterna. Ahora es ella quien le pide: dame de esa agua, así no tendré que venir aquí a sacarla.
Jesús pregunta por el sentido de su vida. Ella esquiva la pregunta por su marido: no tengo marido. Jesús conoce su vida, su situación, su sed. Ella le reconoce como profeta primero, después como Mesías. Su vida cambia: deja su cántaro y va a su gente para hablarles de Jesús; quiere que todos se encuentren con él.
Todos los cristianos hemos vivido un proceso de fe semejante. Y ahora no podemos callar que Jesús es el agua viva para nuestra insaciable sed.








