D. Jesús Miguel Martín Ortega – (Diario de León, 01/08/2026)
La experiencia de la vida nos suele enseñar que es preferible actuar que especular; y que afrontar los problemas con responsabilidad trae mejores resultados que esperar la solución de organismos e instituciones competentes.
Un buen ejemplo de ello lo encontramos en el evangelio que será proclamado este domingo. Jesús de Nazaret observa el gentío que le sigue para escuchar su palabra a pesar de las necesidades y enfermedades que sufren. Lo que contempla le conmueve y se compadece. En esto, los discípulos le interrumpen para decirle: Es tarde; lo mejor es despedir a la gente y que cada uno se compre algo de comer. Jesús les ordena: Dadles vosotros de comer.
Han pasado veintiún siglos y nuestra humanidad sigue arrastrando problemas de especial magnitud; entre ellos, el problema del hambre en el mundo. Resulta descorazonador saber que 645 millones de personas sufren hambre en el mundo y más de un millón de niños mueren anualmente por desnutrición aguda. Habrá quien pueda descargar su responsabilidad en las instituciones que buscan garantizar el acceso regular a los alimentos; pero este no puede ser el caso de los seguidores de Jesús a quienes el Maestro nos dice: Dadles vosotros de comer.
Pensamos que el problema alimentario puede reducirse a un problema económico: Que se compren de comer. Los discípulos ante aquella muchedumbre hambrienta no tienen en cuenta a aquellos que no pueden comprar alimentos pues carecen de recursos. Estos estarían condenados a morir de hambre. El Señor saca el problema de la consideración económica para situarla en una cualidad específicamente humana. Entre tanta gente, disponen de cinco panes y dos peces, pero ¿qué es eso para dar de comer a tantos? Jesús pide nuestra escasez para que sea compartida. Esa es la clave: compartir. Sólo cuando estemos en disposición de compartir lo que somos y tenemos, desaparecerá el hambre en el mundo. No se trata de recursos sino del milagro de compartir.








