Mons. José Manuel del Río Carrasco – (Diario de León, 10/01/2026)
Pasado el tiempo de Navidad, iniciamos con este Domingo el Tiempo Ordinario. La Iglesia lo inaugura con la «fiesta del Bautismo del Señor». La razón se desprende de lo que san Pedro proclamó, al querer resumir la misión realizada por Jesús. «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea». Sí, Jesús vino para liberar, como rey mesiánico, a los subyugados por el mal. Y el bautismo marcó el momento en que fue investido, con la potencia del Espíritu de Dios, para poder realizarlo. También nosotros fuimos bautizados e integrados en la Iglesia, como hijos de Dios. Y, después, recibimos también ese mismo Espíritu. Este domingo inicia, pues, ese tiempo fuerte en el que compenetrarnos cada vez más, de domingo en domingo, con el que pasó haciendo el bien y liberando de toda opresión, que es también la misión confiada por Jesús a sus discípulos.
Como nos narra hoy el Evangelio, cuando llegó el momento de dar comienzo al encargo de su Padre Dios, marchó Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. La reacción del Bautista es de estupor. Él, que lo reconoce como el Rey-Mesías que viene a salvar, no lo podía entender. Por eso, intentaba disuadirlo, diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le cortó en seco: «Déjate ahora de eso, porque es así como debemos cumplir lo que quiere Dios». Es verdad que en Jesús no hay pecado alguno que limpiar. Con su ejemplo de humildad, Jesús quiere mostrar públicamente su solidaridad con los pecadores que desean la redención, para conducirlos hacia su Padre Dios. Al ser sumergido voluntariamente en el Jordán, Jesús asume el destino de muerte que conlleva su solidaridad con los pecadores. Es allí donde recobraremos toda esa dignidad de hijos de Dios, a la que ya nacimos por el bautismo y alimentamos para su crecimiento en la Eucaristía de cada domingo.








