«Cuaresma que se hace paz, buena noticia y justicia»

Queridos hermanos y hermanas:

El camino hacia la Pascua se nos presenta este año 2026 para renovar y profundizar nuestro encuentro con Cristo, manantial de paz, buena noticia y justicia como recoge la carta sinodal del curso. De este modo, respondemos a la llamada de la Iglesia a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida.

Así nos lo recuerda el Santo Padre en su mensaje cuaresmal, en el que nos invita a escuchar y ayunar juntos (cf. León XIV, Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión, Mensaje para la Cuaresma de 2026). Necesitamos la conversión cuaresmal escuchando y ayunando juntos para proclamar la paz, anunciar la buena noticia y pregonar la justicia.

La paz que nos regala Cristo es plenitud de vida, reconciliación y comunión fraterna. En este tiempo santo, aprendamos a acoger la paz que viene de Dios, a sembrarla en nuestros corazones y a compartirla con quienes nos rodean. La paz es fruto de la oración, del silencio interior y de la apertura a la Palabra y al Espíritu Santo, que nos ayuda a desterrar la inquietud y el rencor, y a abrirnos al perdón y la fraternidad.

La Cuaresma nos invita a ser artesanos de paz en lo cotidiano. Abstengámonos de actitudes y palabras hirientes. Cada gesto de reconciliación, cada palabra de aliento, cada esfuerzo por comprender y acoger al otro es un paso para recibir y encarnar la paz que Cristo nos ofrece. Que este tiempo sea ocasión para sanar heridas, para tender puentes y para buscar la unidad, recordando que la paz comienza en el corazón de cada uno, se extiende como una bendición a nuestro entorno y requiere de un compromiso firme para que el mundo la halle. Convirtámonos y creamos en la paz de Jesús.

La buena noticia que irrumpe de modo nuevo en la Cuaresma es la certeza de que Dios camina con nosotros, nos sostiene, nos purifica y nos renueva mientras avanzamos con Cristo camino del Calvario. Dejemos que el Evangelio ilumine este camino de entrega hasta la Cruz, que la Palabra de Dios, escuchada, meditada y orada, inspire nuestros gestos y palabras, y que la esperanza nos anime a ser testigos alegres de la presencia de Cristo resucitado en medio de su pueblo.

La conversión cuaresmal es una apertura confiada a la alegría del Evangelio que agradecemos y, por supuesto, pedimos y procuramos que llegue a muchos. Ayunemos de la indiferencia y del pesimismo, y alimentemos la alegría de sabernos amados y enviados. Seamos portadores de la buena noticia en nuestro entorno, especialmente allí donde la tristeza, la soledad o la desesperanza parecen dominar. Que nuestra vida, nuestras acciones y nuestras palabras sean reflejo de la alegría y la esperanza que brotan del encuentro con Cristo. Convirtámonos y creamos en la buena noticia de Jesús.

La justicia que brota del Evangelio nos compromete a mirar a los demás con los ojos de Dios, a trabajar por la dignidad de cada persona y a construir una sociedad más justa, fraterna y solidaria. La limosna cuaresmal sea, este año, compromiso concreto con quienes sufren, con los pobres y excluidos, con los que buscan consuelo y esperanza, con los que pasan tiempo de soledad no deseada.

La Cuaresma nos llama a revisar nuestras actitudes y estructuras, a preguntarnos cómo podemos contribuir a una vida más justa para todos. Que nuestra conversión se traduzca en obras de justicia y misericordia: en la defensa de los derechos de los más vulnerables, en el cuidado de la creación, en la promoción de la igualdad y la inclusión. Recordemos que la justicia evangélica es siempre activa, generosa y comprometida, y que cada pequeño gesto cuenta en la construcción del Reino de Dios. Convirtámonos y creamos en la justicia de Dios.

Iniciemos juntos esta peregrinación hacia la Pascua, escuchando, ayunando, irradiando paz, anunciando la buena noticia y sembrando justicia a nuestro alrededor. Descubramos la riqueza de este caminar en los rostros de nuestros hermanos y hermanas, y en el nuestro propio, siendo signos vivos del amor de Dios.

Encomendémonos durante esta Cuaresma a María, Nuestra Señora del Camino, de la Piedad y de la Misericordia, Madre de la Paz, de la Buena Nueva y de la Justicia, y pidamos al Señor el don de ser testigos fieles del Evangelio y promotores incansables de esa paz desarmada y desarmante que el Papa nos anima a buscar, así como de la justicia que viene de Dios para todos: en la familia, en la comunidad, en la cofradía, en la parroquia, en la diócesis, en la Iglesia universal y en el mundo.

Con mi afecto y bendición.

✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León