Queridos hermanos y hermanas:
Damos la bienvenida al Adviento en el Jubileo de la Esperanza. Durante el año jubilar, la esperanza ha sido razón y motivación para peregrinar desde la fe en Jesucristo, esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5).
El Adviento es un tiempo de esperanza activa, de vigilancia y de conversión. Se trata de acoger la invitación de Dios a sacudirnos la rutina y vivir con el corazón encendido de esperanza, especialmente al final de este año jubilar, para poner la luz cálida de la esperanza en las tinieblas frías de la desesperación.
En medio del ajetreo prenavideño que suele darse estas semanas, este hermoso tiempo litúrgico nos invita a detenernos, a profundizar para reconocer al “Esperado de los tiempos”; para descubrir los signos de la presencia de Cristo en nuestro mundo, en nuestras ciudades, villas y pueblos, en medio de nosotros y en nuestro corazón. Él está en León, vive en León y llega a León.
El Señor viene al que tiene hambre y sed, al forastero, al desnudo, al enfermo, al que está en la cárcel. Lo hace contando con nosotros para dar de comer y beber; para hospedar, vestir y visitar; para compartir nuestros bienes, para abrazar, para curar, para acompañar, para hacer nueva familia de Dios con los más necesitados.
El Señor viene a nuestro encuentro en nuestros hermanos y hermanas más pobres y en el acontecimiento de su pobreza para que lo recibamos con fe y alegría y seamos testigos de la esperanza del Reino. Así rezaremos en algunas misas de este tiempo: «El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de la esperanza dichosa de su reino» (Prefacio III de Adviento: “Cristo, Señor y juez de la historia”).
Abrámonos al necesario —ojalá que también feliz— cambio de mente y de corazón durante el Adviento para acoger y anunciar la buena noticia de la salvación, proclamar la paz, pregonar la justicia y decir a todos los hombres y mujeres de León: «El Señor está en ti, salvador y rey».
Caminemos en esperanza con María, Madre de la espera que brilla como luz alentadora, siendo la llena de gracia desde su concepción. En medio de un mundo de manchas y sombras de muerte, de desesperación y vacío, se alza la Inmaculada como signo brillante de esperanza y gozo, Madre de Dios y madre nuestra.
Que, cuando celebremos la clausura del Año Jubilar el próximo 28 de diciembre en la catedral, podamos dar gracias a Dios por tanta gracia como ha derramado sobre nosotros este año jubilar y sellemos así el camino esperanzador del futuro de la Iglesia que queremos construir juntos y unidos con alforjas de esperanza.
¡Feliz Adviento en el Año de la Esperanza!
Con mi afecto y bendición.
✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León







