D. Jesús Miguel Martín Ortega – (Diario de León, 17/05/2025)
Conocer la propia identidad no es cosa baladí; al contrario, es una necesidad a la hora de afrontar la vida. En los albores de la filosofía este aforismo aparece atribuido a distintos filósofos y aparecía en lugares muy significativos, como era el pórtico del templo de Apolo, en Delfos.
En los tiempos que corren, damos muestras de un profundo desconocimiento de la realidad del ser humano. Bien podríamos representar el tiempo actual con el cuadro de Caravaggio titulado Narciso: Absortos por nuestra propia imagen reflejada en el agua de lago y sordos a los reclamos de la Ninfa Eco, alargamos la mano para tocar el espejo al tiempo que se distorsiona el rostro que contemplamos.
Nunca como ahora nos ha preocupado nuestra imagen, y nunca como ahora desconocemos nuestra identidad. No disponemos de una respuesta clara a la pregunta de quiénes somos. Esta carencia genera gran confusión y no pocas distorsiones en la vida de muchas personas.
El evangelio de este domingo nos presenta, en el contexto de la despedida de Jesús a sus discípulos, el nacimiento de su Iglesia. Se trata de una comunidad pequeña y frágil pero misionera y con un dinamismo capaz de transformar el mundo. En ella, Jesús pone el motor de esa fuerza transformadora: Os doy un mandato nuevo: Que os améis unos a otros como yo os he amado. Si se quieren mutuamente como él los ha querido no dejarán de sentirlo vivo en medio de ellos ni perderán ese dinamismo que lo cambia todo. La condición es que el amor sea como el de Jesús, es decir, que sea un amor incondicional, capaz de dar la vida. Además, ese amor al estilo de Jesús será su seña de identidad. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros. En un contexto cultural de pérdida de identidad, los seguidores de Jesús recibimos el regalo de una acción que nos identifica: el amor al estilo de Jesús. Esto y no otra cosa, es lo que identifica a los auténticos cristianos de todos los tiempos.








