D. Jesús Miguel Martín Ortega – (Diario de León, 07/06/2025)
Una de las sorpresas mayores que viví hace algunos años en la Universidad fue oír decir a mis alumnos que la verdad no existía; que ellos iban a la Universidad a escuchar opiniones, no verdades. Opinamos cuando no sabemos con certeza. Sirva de ejemplo nuestras consultas médicas. Acudimos al médico en busca de certezas: queremos saber qué enfermedad tenemos; en consecuencia, el doctor nos pondrá un tratamiento curativo. Sólo en el caso de que los datos que aporta una analítica no sean concluyentes, es decir, sólo cuando el doctor no sabe con certeza, comunica al paciente su opinión sobre lo que puede sucederle.
En nuestros días se suele confundir estar instruido con saber. Conocemos bien que, en su contenido, ambas expresiones no son coincidentes. En el curso de nuestra vida nos hemos encontrado con personas muy bien preparadas en algún campo determinado de las ciencias y, sin embargo, no ser sabios, desconociendo lo más básico en la escuela de la vida.
La sabiduría requiere no sólo aprehender datos en el intelecto (eso se resuelve fácilmente con medios informáticos), sino un aprendizaje que desborda el ámbito intelectual y se adentra en otros niveles internos del ser humano. Incluso necesita la apertura a otras experiencias y otras acciones externas que pueden enriquecer la persona. Este es el caso que nos refiere Jesús en el evangelio: Su gran regalo, el Espíritu Santo, será quien os lo enseñe todo. Hoy, más que nunca, el primer paso en el camino de la sabiduría es la humildad; el reconocer que desconocemos casi todo, y por ello, debemos abrirnos a aquel que puede enseñarnos todo. Lejos del adanismo o la autosuficiencia, el sabio acepta y hace suyas las enseñanzas que el espíritu de Dios sugiere y promueve en el interior. Más que instruidos, lo que realmente necesita nuestro mundo son sabios, porque ellos nos ayudan a vivir más plenamente y a contemplar aquello que está más allá del horizonte de nuestras percepciones.








