D. Jesús Miguel Martín Ortega – (Diario de León, 11/07/2026)
Es una de las parábolas más conocidas de la predicación de Jesús. En ella nos ofrece una visión amplia de misterio de nuestra vida en relación con un Dios que adopta la figura sencilla de un sembrador en una Galilea empobrecida y rural. Se trata de una invitación a la esperanza.
El evangelista Mateo subraya un detalle al comienzo del relato: Salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. El Maestro de Galilea unía sus palabras con sus hechos. Sale de su casa y se pone a enseñar, junto al lago, su parábola… Salió el sembrador a sembrar… Deja claro que el sembrador es él, y que la semilla que él siembra es la Palabra de Dios. Una de las ideas más reiteradas en las tres últimas décadas en la Iglesia católica es la de estar en salida. Es la primera condición para poder continuar la misión de evangelizar. Tan relevante es esta circunstancia que define la misma identidad eclesial: ser Iglesia en salida.
No son pocos los que dan por muerta la institución eclesial. Lo cierto es que sus afirmaciones suelen calificar a quienes las profieren: en ocasiones escuchamos críticas como si la visión de algunos se hubiera detenido en el tiempo, hace décadas o incluso siglos. Claro, cuando nos visita el Papa y se escuchan sus discursos y se valoran sus gestos, quedan totalmente desconcertados.
La siembra del Evangelio, muchas veces inútil por diversas contrariedades y oposiciones, tiene una fuerza incontenible. A pesar de todos los obstáculos y dificultades, y aun con resultados muy diversos, la siembra termina en cosecha fecunda que hace olvidar los fracasos y es superior a todas las expectativas.
El evangelio es la fuerza salvadora de Dios «sembrada» por Jesús en el corazón del mundo y de la vida de los hombres. Esa siembra de Jesús no terminará en fracaso. Lo que se nos pide es acoger la semilla. Dar la vuelta a nuestra vida como tierra que es preciso remover para que reciba y haga fructificar la siembra de Dios. Necesitamos dar fruto.








