Mons. José Manuel del Río Carrasco – (Diario de León, 08/11/2025)
Aquel pueblo de Israel cayó finalmente en manos de sus enemigos. El templo fue destruido y los israelitas sufrieron la deportación. Para sostener la esperanza de los que seguían confiando en Dios, al profeta Ezequiel se le concedió una visión del futuro, un templo nuevo del que manaban aguas abundantes.
Ese nuevo templo anunciado es Jesucristo. Su Evangelio nos desvela cómo se cumple en Él la visión del profeta. Hoy es Él el que sube al templo, el lugar elegido y consagrado para el encuentro de Dios con su pueblo y del pueblo con su Dios. Pero, cuando entra en sus atrios, frente al mismo santuario de la presencia de Dios, lo encuentra contaminado. Y Jesús, que ha venido a rescatarnos de toda esclavitud y devolvernos a Dios, se rebela contra la situación.
Sí, es el Hijo que reclama los derechos de su Padre Dios; es el libertador que con coraje nos quiere sacar de la esclavitud a las cosas y del sometimiento al negocio de los que solo quieren ganar más. Es el celo que le llevará hasta la entrega de su cuerpo a la muerte. Ese cuerpo que ellos querrán destruir sometiéndolo a la pasión y entregándolo a la corrupción de la muerte, pero que Él mismo, al tercer día, levantará con la fuerza del Espíritu de Dios.
Este misterio que somos los cristianos como templo se expresa simbólicamente en las iglesias, ese lugar donde nos reunimos para el nuevo culto en el Espíritu de Jesús. Sobre todo, en la iglesia Catedral, es decir, donde está la cátedra del Obispo que condensa el misterio pleno de la Iglesia. De un modo singular, la catedral del Obispo de Roma, San Juan de Letrán, cuya dedicación conmemoramos en este domingo. Allí está la cátedra del Papa, elegido por el Señor para confirmar la verdadera fe de la Iglesia universal. Ella está a la cabeza de todas las iglesias, de todos esos recintos donde el Señor sigue edificándonos como templo por la donación del Espíritu en los sacramentos.








