D. Florentino Alonso Alonso – (Diario de León, 10/05/2025)
Mientras los tres primeros domingos de Pascua contemplan el misterio de Cristo resucitado presente en su Iglesia, los domingos siguientes ponen el acento en la obra que el Señor realiza en ella. En este domingo aparece bajo la sugestiva figura del Buen Pastor, subrayando la intimidad que existe entre él y sus discípulos. La primera lectura (Hch 13,14.43-52) presenta la labor de pastoreo universal encomendada por el resucitado y que llevaron a cabo Pablo y los otros apóstoles. En esta tarea, el modelo a seguir es Jesús, que se presenta en el evangelio como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. En la segunda lectura (Ap 7,9.14b-17), el que es llamado Cordero es al mismo tiempo el Pastor que apacienta al nuevo pueblo de Dios: «Porque el Cordero que está delante del trono los apacentará y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas».
Cuando Jesús dice que conoce a sus ovejas y les da la vida eterna (cf. Jn 10,27-30) está poniendo de manifiesto la realidad que toda la Iglesia está llamada a experimentar, es decir la riqueza del amor y de la salvación que el Cordero-Pastor está comunicándole. Esta experiencia se traduce en la escucha de su palabra («mis ovejas escuchan mi voz») y en el seguimiento hacia el Padre («lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre»). El Buen Pastor, velando con solicitud por su rebaño y actualizando en él la redención, nos da parte en su admirable victoria sobre la muerte y sobre el pecado.
Todos estos gestos de Jesús hacia nosotros que revivimos en la celebración eucarística, nos ponen frente a una actitud que ha de marcar nuestra vida: si rechazamos su palabra y su amor nos hacemos indignos de la vida eterna que nos ofrece, si le acogemos aumentará en nosotros la unión con él y la experiencia de su amor. Puede de nuevo repetirse en nuestras comunidades cristianas el hecho que motivó que el Evangelio tuviera que ser predicado a los gentiles dejando a los hijos de Israel (cf. primera lectura).







