D. Jesús Miguel Martín Ortega – (Diario de León, 30/08/2025)
Parece que lo de escoger los primeros puestos viene de antiguo. Jesús de Nazaret tuvo la oportunidad de comprobarlo en la sociedad de su tiempo. Y aprovechó tal circunstancia para hacerles ver a sus discípulos que esa actitud no casaba con su Evangelio.
En el corazón del ser humano siempre anidan los deseos de medrar, de sobresalir, de figurar por encima de los demás. El orgullo, la soberbia, la altanería, la arrogancia, la vanidad, nos conducen al error de pensar que somos más importantes que los demás. Tal actitud se manifiesta en buscar, en toda circunstancia, los primeros puestos. Podríamos decir que para poner freno a la desmesura de la arrogancia, se elaboró el protocolo que evitara los conflictos por disputar honores y dignidades.
Jesús nos viene a decir que existe otro procedimiento mucho más eficaz para la superación de los conflictos en la búsqueda de los primeros puestos: el renunciar a ellos. Porque la vida misma nos enseña que todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido.
No son pocos los ámbitos sociales y eclesiales en los que sigue prevaleciendo esta actitud de enaltecerse, tan opuesta al Evangelio del Señor. Corregirlo no es fácil, aunque bastaría con renunciar a la propia autorreferencialidad, para asumir la referencia que nos ofrece la persona de Jesús. Él se abajó, se despojó de su rango, y vino a nuestro mundo no para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Esa es la clave: servir dando la vida. Esa misma experiencia que muchos hemos tenido en nuestros hogares, en el amor de los padres y abuelos.
La humildad se convierte así en virtud fundamental, no sólo para los cristianos sino para todo ser humano. La humildad no es humillación. La humildad es la actitud propia del que mira con objetividad su propia estatura, ante Dios y ante los demás. Necesitamos mucha humildad para seguir a Jesús, para adentrarnos por el camino que es Buena Noticia.








