Liturgia Dominical – «EL RICO EPULÓN Y EL POBRE LÁZARO»

Mons. José Manuel del Río Carrasco – (Diario de León, 27/09/2025)

Nunca se ha hecho una descripción del egoísmo mejor que esta de Jesús en su parábola: “Había un hombre rico, y un mendigo llamado Lázaro”. Tampoco podríamos encontrar un contraste tan fuerte y tan bien expresado, como el que sigue a continuación: “Sucedió que se murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico y lo enterraron”. Sí; ya me sé que hoy no se lleva eso del infierno. Cierto: hay un temor servil, que no puede salvar al hombre. Pero hay también un temor santo, que es “principio y plenitud de la sabiduría”. Y ¿cómo podremos silenciar lo que Jesucristo nos dice acerca del infierno y del misterio de la reprobación de aquellos que, resistiendo al Espíritu Santo, mueren impenitentes? A veces, el mejor camino para el amor, es el temor. Dios mismo echa mano del temor, para conducirnos hasta el amor. Así manifiesta el suyo. Lo realmente contrario al amor cristiano no es el temor, sino el egoísmo, en sus diversas formas y manifestaciones.

¡El egoísmo humano! Se manifiesta sobre todo en el abuso que solemos hacer de los bienes materiales. La Iglesia ha tenido que recordar, una y otra vez, al mundo moderno, que los bienes que Dios concede al hombre “se poseen como propios, pero han de administrarse como comunes”. Todos nosotros, discípulos de Jesucristo, estamos obligados a servirlo a él, en aquellos que tienen necesidad de nuestra ayuda. Debemos devolverles aquello que, en el plan de Dios, les pertenece. Si el Señor nos ha constituido administradores de los bienes materiales, para que sean administrados al servicio de la justicia y del amor, no nos privemos nosotros de la gloria de administrarlos con toda fidelidad.

Jamás se habló de “pobres” y de “Iglesia de los pobres” como ahora. Es evidente que Jesucristo prefiere la pobreza. “Siendo rico, por nosotros se hizo pobre, para que os enriquecierais con su pobreza”. Nosotros debemos preferir también la pobreza del Señor, del Evangelio.