Liturgia Dominical – «EL PADRE Y YO HAREMOS MORADA EN EL QUE ME AMA»

Mons. José Manuel del Río Carrasco (Diario de León, 24/05/2025)

Hoy la palabra evangélica nos traslada al núcleo del misterio: ¿Qué es, en si misma, la vida cristiana? No se podrá responder mejor a esa pregunta que con las palabras que hoy nos dice el Señor. “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Si las aceptamos en pura fe nos libraremos de una peligrosa desorientación: la de definir al cristiano, más por el “hacer, que por el ser”.

“Dios estaba en Cristo, reconciliando el mundo consigo” escribió san Pablo. La vida cristiana, ante todo, es un misterio de presencia: la presencia de Dios en Cristo Jesús. Por la fe y el bautismo, venimos a ser miembros del Cuerpo de Jesucristo. Vivir cristianamente es participar en la vida misma de Dios; que se nos comunica por nuestra unión con su Hijo. “Llegar a ser hijos de Dios” es pura donación de Dios; pura gracia, que precede a todos nuestros méritos.

“Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros”. Mas la palabra de Jesús que hoy comentamos nos ayuda a penetrar más y más en el misterio. Ahora ya sabemos que Dios, no solo ha puesto su morada “entre nosotros”, para vivir nuestra vida humana como un ciudadano más del mundo, sino que ha querido poner su morada “en nosotros”; hacer que los hombres vivamos la vida de Dios. “Dios se ha hecho hombre, para hacernos compartir su divinidad”. Se trata de una presencia viva, estable, cordial, dinámica, fecunda. Viva: porque Dios es la vida misma; la suprema e infinita expresión de la vida. Estable: Dios se queda; y se queda para siempre a vivir contigo. Cordial: esa presencia es fruto del amor y está vinculada a tu respuesta en el amor. Dinámica: porque, en Dios, el ser y el quehacer son una misma realidad. Fecunda: Nos lo ha explicado el mismo Jesucristo: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto”.