Mons. José Manuel del Río Carrasco – (Diario de León, 18/10/2025)
La primera lectura nos relata cómo la oración de Moisés salvaba al pueblo, atacado por Amelec. El Señor quiere instruirnos hoy sobre la necesidad de la oración; quiere clavarnos más a fondo esa convicción que cantamos hoy con el salmista: El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
Para explicarnos por qué hemos de orar siempre, sin desanimarnos, Jesús nos propone la parábola del juez injusto. Y es que Dios se pone siempre de parte del débil y frente al fuerte que pretende abusar. Jesús califica de injusto a aquel juez, precisamente por no decidirse a hacer justicia según el modo de ser justo Dios.
Nosotros sabemos que, según Jesús, los elegidos de Dios son los pobres y despreciados, como se verá al final. Son estos los que necesitan esperanza y Jesús se la quiere dar. Por eso recomienda la oración sin cesar. Perseverar en la oración es tanto como expresar que nos apoyamos en Dios y eso es creer. Suplicar a Dios significa que, a pesar de las situaciones y frente a toda contradicción, se sigue esperando en Aquél que tiene la última palabra. Pedir quiere decir no dudar de que Dios no nos puede fallar, si es justo lo que pedimos. Rezar no es dirigirse a Dios con la simple esperanza de que «quizás» o «seguramente» nos escuchará, sino con la certeza cierta de que siempre está atento y llevará a plenitud nuestros mejores deseos.
El Señor no nos recomienda la oración porque Dios quiera «hacerse de rogar» o porque Él necesite de una plegaria insistente para decidirse a actuar. En su momento más difícil, Jesús invitó a sus discípulos a orar con Él «para no caer en tentación». Sencillamente porque, dejar de orar es exponerse a caer en el ámbito de la lejanía de Dios; es arriesgarse a perder el «sentido de Dios»; es aventurarse al peligro de vivir como si no existiese. Con la oración alimentamos la comunión con el que más nos quiere y mejor nos puede comprender.







