D. Jesús Miguel Martín Ortega – (Diario de León, 11/10/2025)
Conocido es el proverbio popular: De bien nacidos es ser agradecidos. No se refiere, sin más, a un rasgo de buena educación. Implica, sobre todo, el reconocimiento de haber recibido un favor de forma inmerecida.
En un contexto social donde priman los derechos y se olvidan los deberes la gratitud se devalúa y parece reproducir un atavismo del pasado. Cuando todo es merecido desaparece el agradecimiento. Hace décadas el filósofo y ensayista José Antonio Marina decía que el paso de Nietzsche, Freud y Marx nos ha dejado empantanados en una “cultura de la sospecha” que hace difícil el agradecimiento.
Esta realidad no es nueva. El evangelio según San Lucas de este domingo, nos recuerda un acontecimiento asombroso y significativo. Jesús de Nazaret, camino de Jerusalén, entre Samaría y Galilea, se dispone a entrar en una ciudad. En ese momento, acuden a él diez leprosos que desde lejos le gritan: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.
Jesús, sin más, les indica que vayan a presentarse a los sacerdotes. Era el procedimiento para obtener la autorización con la que volver a su vida familiar y social. El evangelista no se detiene en los detalles de la curación sino en la reacción de los leprosos al verse curados. De los diez sólo uno vuelve a Jesús para dar gracias. Y apostilla: Este era un samaritano. El extranjero, que por prejuicios sociales tenía más dificultades para reconocer el favor recibido, es el único agradecido. Jesús expresa su decepción: ¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve ¿dónde están?
Es un ejercicio prudente y sabio repensar nuestra vida y nuestra propia persona no desde nuestros méritos sino desde la infinita misericordia de Dios. Sus permanentes dádivas superan siempre nuestros merecimientos. Cuando así lo hacemos, cómo no dar gracias a quien debemos la existencia, la vida, la fe, el perdón, la salvación. No hacerlo nos deja en una situación de vergonzosa presunción e insostenible egolatría.








