«Compadécete de mí, Señor, soy pecador» (Lc 18,23)
✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León
Hermanos y hermanas. Es una certeza que si vivimos en la esperanza podemos salir de nosotros mismos, superar la autosuficiencia y la autorreferencialidad y convertirnos. Si vivimos en la esperanza acontece la entrega al misterio de la gracia de Dios en su Hijo Jesucristo.
El ejemplo del publicano nos llama a la conversión; por tanto, a vivir en la gracia, a vivir en la esperanza. Como este publicano humilde, podemos aprender a orar diciendo: «¡Compadécete de mí, Señor, soy pecador!» (Lc 18,23).
Para el Señor no cuenta el prestigio de las personas, decía la lectura del libro del Eclesiástico. Él escucha la oración del oprimido, no desdeña la súplica del huérfano.
Nos llena de esperanza saber que la oración del humilde atraviesa las nubes y llega a Dios, que no tarda en enviar su fortaleza, lucidez, consuelo y ayuda. Es la oración que hoy elevamos al Padre por los cristianos perseguidos y necesitados.
Esta vivencia, con la seguridad de que Dios escucha pronto al afligido que lo invoca, nos lleva a bendecir al Señor en todo momento, combatir el combate de esta vida con amor, como san Pablo, y conservar la fe, libres de toda obra mala; no pensando en nosotros mismos, sino en trabajar para que el evangelio sea conocido en todas partes como camino de vida y de esperanza.
Es aquí donde se enmarca la acción de gracias por los 60 años de la presencia de Ayuda a la Iglesia necesitada en España, en continuidad con la pasión evangelizadora de Pablo. El apóstol, incluso en momentos en los que se veía solo y abandonado, perseguido como él había perseguido la fe en Jesús, seguía librando el combate de la fe con amor y con esta fuerte convicción: «¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!» (1 Cor 9, 16).
El recuerdo de las Iglesias necesitadas y de nuestros hermanos perseguidos nos compromete a practicar nuestra fe comunitaria, misionera y samaritana con esperanza, mientras confiamos que nuestra súplica atraviesa las nubes y nos une entre nosotros, con los cristianos perseguidos y con Dios a quien le decimos orando en comunidad universal: «Compadécete de nosotros, Señor, somos pecadores» (cf. Lc 18,23).
En verdad «todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18,14); quien es perseguido a causa de Jesús y su Evangelio será enaltecido.
Pidamos al Señor los dones de la humildad y la fortaleza para esperar contra toda esperanza que se cumplan los designios de la misericordia, la justicia y el amor de Dios y llegue su Reino de gracia y de paz sin pobreza ni persecución.








