“Testigos de esperanza en el mundo”
✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León
Queridos hermanos y hermanas, el Señor nos ha convocado en este santuario de Camposagrado, con su madre, nuestra madre, María de Nazaret.
Reunidos en oración con ella, acogemos la llegada del Espíritu Santo. Traemos nuestras alegrías, nuestros desconciertos, nuestros miedos e incertidumbres, como también nuestros anhelos y esperanzas. Compartiendo todo esto entre nosotros y con nuestra madre, convertimos este santuario en hogar fraterno y filial donde recibimos el Espíritu.
Mirando la realidad desde la misión de ser testigos de esperanza descubrimos luces y sombras. Nos apena e indigna la guerra y la violencia y descubrimos que la paz necesita de nuestra firme lucha. Pero es esperanzador reconocer las muchas personas que se comprometen con la paz, que trabajan por ella, que son sus bienaventurados para lograr que no alce la espada pueblo contra pueblo, hermano contra hermano.
En la mirada a la realidad descubrimos también el drama demográfico. En nuestra diócesis vivimos la imparable despoblación que afecta a toda España. No hay garantías para la vida humana digna. Sin embargo, vemos gente joven y algunas familias que sigue teniendo ilusión y alumbran hijos con esperanza en nuestros pueblos. Junto a ellos permanecen mayores esperanzados, que se reúnen y celebran la vida y la fe dando valor a lo pequeño y haciendo brillar luces de esperanza.
Vemos también personas que viven en situaciones de fragilidad y penuria: encarceladas, solas, despreciadas, excluidas. Al mismo tiempo descubrimos la luz de los voluntarios de pastoral penitenciaria: sacerdotes, consagrados y laicos.
Igualmente hay jóvenes que acompañan a los mayores y se dejan acompañar por ellos; personas que prestan su tiempo a excluidos, adictos, desahuciados.
A veces decimos que no hay renovación en la Iglesia y nos parece que tiene rostro envejecido, pero existen jóvenes extraordinarios que renuevan nuestra diócesis y otros que se acercan a la iniciación cristiana o regresan a la grey del Señor.
Así podemos seguir repasando las realidades de sombra entre personas sin esperanza: enfermos, ancianos, migrantes, personas sin hogar y empobrecidas. E igualmente descubrimos la luz de quienes se acercan a ellos y comparten su camino para buscar juntos la luz de la esperanza en cada situación.
Como comunidad, Iglesia que ora unida con María en espera del Espíritu, de un nuevo Pentecostés, descubrimos que la esperanza no es solo personal, es comunitaria; que «El sujeto de la esperanza es un nosotros» y «nadie se salva solo».
Como dijo el papa Francisco en la Bula de convocación del jubileo: «Estamos anclados a la esperanza». «Sí, necesitamos que “sobreabunde la esperanza” (cf. Rom 15,13) para testimoniar de manera creíble y atrayente la fe y el amor que llevamos en el corazón; para que la fe sea gozosa y la caridad entusiasta; para que cada uno sea capaz de dar, aunque sea una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito, sabiendo que, en el Espíritu de Jesús, esto puede convertirse en una semilla fecunda de esperanza para quien lo recibe».
Pidamos al Señor que el don de su Espíritu nos permita ver la esperanza en medio de nuestro mundo, sin esperar signos prodigiosos y que su fuerza y su valor nos impulsen a cimentar la vida en quien no defrauda nunca, Cristo vivo y glorioso. Amén.








