«Santa Teresa de Jesús, mujer de esperanza»
✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León
Madres carmelitas, sacerdotes, hermanos y hermanas. En este Año Jubilar no podemos sino celebrar a santa Teresa de Jesús como mujer de esperanza. Su vida y testimonio, tan rico de matices, es también un libro abierto de la sabiduría de la esperanza, don de Dios que queremos pedir nosotros.
Peregrinos y sedientos de esperanza, agua viva, no podemos vivir sin ella, pues nos acerca a la misericordia que conocieron Teresa y la samaritana del Evangelio. Como dice la Santa: «El mejor remedio es esperar en la misericordia de Dios, que nunca falta a los que en él esperan» (Moradas VI, 1,13).
Pero la esperanza no se da de inmediato. Santa Teresa caminó durante años para llegar a poner toda su esperanza en Dios (cf. Vida 8,12). Se lo dificultaban el miedo a la muerte que sentía intensamente, el apego a las cosas del mundo y, sobre todo, a las personas queridas. Ella descubre en estas últimas «palillos de romero seco» en los que no encuentra la seguridad que le permita vivir esperanzada (cf. Relación 3,1).
A la mujer samaritana, por su parte, le costó muchos años de vida peregrinar hasta hallar la esperanza que no defrauda y la misericordia de Dios. Mientras tanto, buscaba el agua viva, aún sin saberlo, en un pozo de agua corriente al que acudía sola después de haber tenido varios maridos.
En la Santa y en la samaritana podemos vernos reflejados.
Teresa halla solo en Dios la consistencia definitiva (cf. Vida 23,15) y experimenta que la esperanza en él es su fortaleza (cf. Moradas III, 2,13). La samaritana sacia su sed de vida y esperanza solo en Dios. La Santa y la samaritana se dejan llevar por el Espíritu de Dios, de hijas de adopción, espíritu de sabiduría que las colma de bienes y las hace herederas con Cristo llenas del deseo de habitar sus moradas eternas.
La confianza en Cristo vivo le otorga a Teresa fuerza para superar cualquier incertidumbre, vacilación o temor. Las palabras del Señor, que escucha como los discípulos cuando se les aparece el Resucitado, la sosiegan, animan y fortalecen: «Heme aquí con solas estas palabras sosegadas, con fortaleza, con ánimo, con seguridad, con una quietud y luz que en un punto vi mi alma hecha otra» (Vida 25, 18).
Demos gracias al Señor por el don de santa Teresa que vive la esperanza identificada con el Crucificado — Resucitado, Cristo amigo, compañero y servidor de la humanidad y nos la transmite de un modo desafiante e intenso.
Con la mirada esperanzada en la vida nueva y eterna, Teresa exclama: «Mas entretanto, en esperanza y silencio será mi fortaleza. Más quiero morir y vivir en pretender y esperar la vida eterna, que poseer todas las criaturas y todos sus bienes, que se han de acabar. No me desampares, Señor, porque en Ti espero no sea confundida mi esperanza. Sírvate yo siempre y haz de mí lo que quisieres» (Exclamación 17, 6).
Que seamos, como santa Teresa, humildes servidores misioneros de esperanza, testigos de Cristo vivo que nunca defrauda. Amén.








