✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León
Hermanos y hermanas, nos hemos reunido esta tarde en torno a la mesa fraterna del amor para celebrar el banquete eucarístico, dar gracias a Dios por la vida, la obra y el ministerio del Santo Padre Francisco y orar con esperanza por su eterno descanso. Nuestra celebración es expresión de fe pascual y de comunión de nuestra diócesis con la Iglesia universal.
La muerte del papa Francisco nos apena por el amor que de él hemos recibido y le profesamos. Como padre, maestro, guía, hermano, amigo que ha entregado su vida con espíritu de servicio, nos ha marcado en nuestra historia personal y eclesial de diversos modos.
Sentimos su partida y damos gracias a Dios por el inmenso y hermoso regalo de su persona para la Iglesia y para el mundo. Su lema, Miserando atque eligendo (“Lo miró con misericordia y lo eligió”) expresa cómo se ha sentido mirado con misericordia por el Señor, igual que Mateo, y él ha procurado una mirada misericordiosa a los demás. Nos deja un legado para crecer como discípulos misioneros de la misericordia de Jesús.
Un legado para poner más en el centro de nuestras vidas y de la vida de la Iglesia a Cristo y a los pobres; para gritar pidiendo la paz mientras sea necesario; para trabajar sin desmayo por la fraternidad entre las personas, entre los pueblos, con el anhelo de una fraternidad universal.
Un legado para continuar el acercamiento y el encuentro con los diferentes y alejados evitando el rechazo y suscitando la inclusión y promoción de los excluidos.
Un legado para afrontar el desafío del ecumenismo y el diálogo interreligioso. Un legado para que la sinodalidad llegue a ser nuestro modo convencido y habitual de ser y obrar en la Iglesia. Su legado testimonia que «la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Rom 5,5).
Ante la Pascua del Santo Padre Francisco, renovemos nuestra fe y nuestra esperanza en la resurrección como comunidad de bautizados y enviados, Iglesia que camina y ora unida en la espera activa y comprometida hacia el reino de Dios, la vida eterna.
Damos gracias a Dios por el querido papa Francisco quien tocado por la misericordia del Padre vivió y obró apasionado por Cristo y por la humanidad. Lo hizo hasta el final, sin pensar en sí mismo, dándonos una última bendición Urbi et Orbi a «todos, todos, todos» y abrazándonos a cada uno desde la Plaza de San Pedro llena la mañana del pasado Domingo de Resurrección igual que nos abrazó en una plaza vacía durante aquella oración honda y esperanzada en la pandemia.
Pidamos a Dios Padre, con el auxilio del Espíritu Santo, por medio de esta Eucaristía, el don de creer en Jesucristo con tanto amor, tanta misericordia y tanta esperanza como el papa Francisco para llegar a amar y esperar de la misma manera misericordiosa que brota del Corazón de Jesús. Amén.









