«El Señor es mi luz y mi esperanza»
✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León
«El Señor es mi luz y mi esperanza» (cf. Sal 27). Lo es para Iván, Jorge, Rubén y Amadeo. Permitidme que recuerde aquí también a David, cuyo funeral se celebró ayer en Torre del Bierzo. Lo es para vosotros: familiares, compañeros, amigos y vecinos suyos.
Desde que conocimos la trágica noticia, hemos llorado con vosotros de corazón, no como vosotros. En medio de esta aflicción, sentimos que nos han arrancado la paz y no cabe la dicha (cf. Lam 3, 17).
Incluso rezando con fe, flaquean nuestras fuerzas y se nubla la esperanza. Por eso nos viene bien acompañarnos y unirnos para mitigar este dolor impactante y hondo. Nos viene bien rezar juntos y celebrar la esperanza en la vida eterna.
Pedimos a Dios que se fije en nuestro pesar, en esta amarga hiel que envenena, en el abatimiento que nos invade. Y él nos promete que volverá la esperanza porque su misericordia nunca termina ni se acaba su compasión, sino que se renuevan cada mañana hasta que nosotros podamos acogerlas. No importa cuándo. Su paciencia nos salva. Con el llanto desconsolado a flor de piel, solo esperamos en Cristo, porque él es la esperanza que no defrauda.
Busquemos la paz que viene de Dios para saber que las lágrimas de esta experiencia de límite, de dolor humano inenarrable, las enjuga la Resurrección de Cristo.
Es una promesa de consuelo escuchar las palabras de Jesús —«Que no tiemble vuestro corazón» (Jn 14,1)—, con la esperanza de que resucitaremos como Cristo ha resucitado, igual que morimos como él también ha muerto yendo delante a prepararnos un sitio de luz desde la cruz.
Corremos el mismo destino que Jesús, no solo de muerte, sino también de resurrección. Experimentamos el dolor que quiebra el alma por la pérdida, como María, la madre de Jesús, que comprende muy bien a todas las madres y padres, esposas, hijos… La Pascua de Jesús nos invita a confiar, guiados por Santa Bárbara, en el reencuentro en la casa del Padre con quienes os han querido tanto en esta vida, a quienes habéis querido y queréis tanto y os han dado tanto: Iván, Jorge, Rubén y Amadeo.
Con el corazón roto podemos aceptar a Cristo como nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Porque Él da la vida. Orar hoy por Iván, Jorge, Rubén y Amadeo, con el apoyo y el cariño de tanta buena gente, es una extraordinaria expresión de vida y consuelo.
Oremos juntos con esperanza. Jesús es el camino, la verdad y la vida que nos guía hacia la casa de Dios Padre. Allí encontraremos la vida nueva libre de dolor y llanto con Iván, Jorge, Rubén, Amadeo y David, junto al resto de seres queridos que nos han dejado el vacío y la desesperanza en este valle.
Que el Señor Jesús, que os mira hoy con infinito amor, sea vuestra luz y vuestra esperanza. Os dejo su paz para que la acojáis cuando podáis hacerlo.
Amén.








