D. Jesús Miguel Martín Ortega – (Diario de León, 03/10/2026)
Inmersos en la vorágine de la vida, la mirada se nos vuelve miope y cortoplacista. Es necesario elevar la mirada para ampliar el horizonte visual que nos ofrece la historia. Ella es buena maestra, capaz de ayudarnos a entender el momento en que vivimos.
La parábola de los viñadores homicidas, del evangelio que se proclamará mañana domingo, nos proporciona, justamente, esta comprensión global de la historia desde la perspectiva de nuestra responsabilidad personal y nuestra relación con Dios.
Según la parábola, intervienen el propietario de la viña, los viñadores contratados, el hijo del propietario y los criados de éste. De entrada, algo no funciona: los viñadores se niegan a dar los frutos de la vendimia a los criados del propietario. El propietario insiste en enviar a sus criados para recoger la vendimia, pero los viñadores acaban con ellos. Por último, el amo de la viña decide enviar a su propio hijo, pensando que a él lo respetarán. Pero los viñadores también le dan muerte. La pregunta crucial resuena con toda su crudeza: ¿Qué hará el dueño de la viña con aquellos labradores?
Evidentemente la pregunta nos concierne a todos. La virtud de las parábolas es involucrarnos a todos en el relato que nos cuenta. Seamos conscientes o inconscientes de ello, todos estamos como viñadores en viña ajena. El dueño reclama los frutos de nuestro trabajo. Eliminar a los enviados por el propietario, incluso eliminar a su propio hijo, no resuelve la cuestión. ¿Qué hará el dueño con nosotros, labradores de su viña?
Esta pregunta nos lleva a una pregunta anterior, que fue el lema del Congreso Nacional de la Vocación, de febrero del pasado año 2025: ¿Para quién soy? Sin resolver esta cuestión, será imposible acercarnos a la pregunta formulada anteriormente. Si todo empieza y acaba en uno mismo; si el horizonte de nuestra mirada se reduce a nuestra propia persona, estaremos despreciando algo tan esencial como la cuestión de sentido.







