Liturgia Dominical – UNA VOZ GRITA EN EL DESIERTO

D. Florentino Alonso Alonso – (Diario de León, 06/12/2025)

Estamos necesitados de aire nuevo, de ojos nuevos, de gentes nuevas que contemplen y descubran la acción de Dios en el mundo, en la sociedad, en la propia vida. Gentes dispuestas a transformar la propia existencia, la familia, el entorno donde desarrollan su trabajo u ocio, la comunidad parroquial… Y el Adviento es un buen momento para iniciar o afirmar ese deseo profundo del corazón de ser alguien ante Dios, de hacer algo para Dios. Es un tiempo en el que podemos y debemos revivir la experiencia siempre actual de nuestro encuentro con el Señor y con su amor que reconcilia y salva, que viene para cambiar la realidad de las cosas ¿A qué esperar?

Juan Bautista es la gran figura que domina el horizonte litúrgico de este domingo. Anuncia con fuerza y con tintes de juicio definitivo la venida del Señor. Sus palabras invitan a preparar los caminos del Señor, a purificar las conductas, porque la llegada del Mesías es inminente: y viene con el bieldo en la mano, para separar el grano de la paja (cf. Mt 3,1-12). El profeta Isaías ve también a Cristo, el descendiente de David sobre el que reposa el Espíritu del Señor, que va a crear una situación de paz y armonía, una vez que haya arrojado al violento y defendido al desamparado (cf. Is 11,1-10). El cuadro idílico descrito por el profeta y cantado por el salmista (cf. Sal 71) responde a una salvación que tiene proyección universal y que ha de alcanzar incluso a la creación entera. La lectura y meditación de estas profecías, escritas para nuestra enseñanza y consuelo (cf. Rom 15,4-9), deben ayudar a los cristianos de hoy a escuchar la voz que grita en el desierto sin dejar que la apaguen las falsas seguridades de los propios dioses: riquezas, prestigio, soberbia, afán de dominio. No acabamos de creer y de aceptar este mensaje de verdadera liberación y preferimos seguir esclavizados a todo eso, dejando para una ocasión mejor el cambio radical de nuestra vida. Por eso es preciso pedir a Dios esa sabiduría que nos permita sopesar los bienes de este mundo amando intensamente los del cielo.