D. Florentino Alonso Alonso – (Diario de León, 28/02/2026)
Pasamos la vida buscando la felicidad, la suerte, un lugar para vivir, mejor trabajo, situarnos en la sociedad… Pero la experiencia nos enseña que, a medida que logramos aquello que buscamos, nos salen al paso nuevas búsquedas, porque somos seres abiertos al infinito, naturaleza siempre insatisfecha. La Cuaresma es camino hacia la Pascua. Ocasión para que avancemos en perfección y nos configuremos más plenamente con Cristo. Como a Abrahán, ejemplo de buscador insatisfecho, se nos dice: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré» (Gen 12,1-4a). En otras palabras, sal de tus comodidades, de tus ideas fijas, de rutinas espirituales y falsas imágenes de Dios y camina decidido por las sendas del Evangelio. Como dice Pablo a Timoteo: «Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús» (2Tim 1,8b-10). Camino arduo que exige esfuerzo, negación de uno mismo, amor sincero. Pero es el único que conduce a la resurrección. Por eso la Iglesia nos recuerda la necesidad de afianzarnos en la palabra de Dios que nunca falla: «La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales» (Sal 32). Esta palabra la tenemos personificada en Cristo en la escena de su transfiguración: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto: ¡escuchadle!» (Mt 17,1-9). Sus palabras aportan luz en este camino cuaresmal y su vida es un ejemplo, siguiendo unas huellas que llegan hasta la cruz. Pero también, con su transfiguración, nos mostró la gloria que le estaba reservada a Él y a cuantos sigan su ejemplo. En síntesis: cada día debes mirar a Jesús; «¡escuchadle!», dice el Padre. Contémplalo glorioso en tu oración personal y comunitaria y experiméntalo crucificado en tus propios dolores y en los del mundo. No tengas miedo a entrar en la dinámica de Dios y no te avergüences de ser seguidor de tal Maestro. Su rostro transfigurado te anticipa el destino de gloria que te espera si eres fiel.








