Mons. José Manuel del Río Carrasco – (Diario de León, 31/10/2026)
Hoy celebramos la gloria de su ciudad santa, la Jerusalén celeste, que es nuestra madre. Allí fue transportado en visión el autor del Apocalipsis, y el Señor le dijo: «Estos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero». Sí, son los que ya comparten la gloria del Resucitado en el cielo, por haber compartido su cruz en la tierra; son los que participan ya de su triunfo definitivo en la gloria, por haber resistido con Él las tentaciones del mundo; son los que disfrutan para siempre la herencia eterna de los hijos de Dios, por haber imitado en su tiempo al Hijo que en nuestra propia carne se manifestó.
Aquel día subió Jesús a la montaña, como antiguamente hiciera Moisés. Era un momento solemne de la Buena Noticia que traía de parte de Dios para todos los hombres. Iba a promulgar la nueva ley de su Evangelio. Aquellas Bienaventuranzas, que hoy nos vuelve a recordar, no eran simples normas morales, sino promesas de felicidad. Por eso, aquella nueva ley del Señor no venía grabada en piedra dura y fría. Jesús quería grabarla, más bien, en los corazones ansiosos que no estaban conformes con la situación; esos corazones que, no contentos con la justicia de los hombres, buscaban la de Dios; esos corazones que, insatisfechos con las alegrías del momento, tenían hambre y sed de algo más. Por eso, esta ley del cristiano no es otra sino el mismo Jesús, al que seguir e imitar: ¡porque Él las vivió el primero!; ¡porque en Él se cumplieron del todo!; ¡porque con su Resurrección demostró su verdad!
Por eso, al celebrar un domingo más la victoria del Señor, recordamos también hoy, de un modo especial, a todos los que comparten su felicidad porque le siguieron; a todos aquellos que nos animan desde el cielo a vivir las bienaventuranzas del Reino, porque son la mejor prueba de que, lo en ellas prometido, es verdad. En ellos encontramos el ejemplo y la ayuda para nuestra debilidad.








