Liturgia Dominical – LA VIDA ES MÁS QUE PALABRAS

D. Florentino Alonso Alonso – (Diario de León, 26/09/2026)

No es voz de Dios aquello que más nos agrada, sino lo que más nos exige. Ni es palabra de hombre la que más halaga a nuestro oído, sino la que más se ajusta a la verdad. Las palabras bonitas endulzan las situaciones comprometidas, pero no reflejan la sinceridad de corazón. La parábola de Jesús en el evangelio de este domingo (Mt 21,28-32) pone de manifiesto que las palabras no sirven cuando no son sinceras ni se concretan con las obras. Podemos leer los textos bíblicos como una invitación a meditar sobre nuestra responsabilidad personal ante la llamada de Dios. Ésta es la propuesta del profeta Ezequiel en la primera lectura: es necesario convertirse a la justicia de Dios para acogerse a su promesa de vida (cf. Ez 18,25-28). Y en el evangelio leemos que la invitación está hecha y no basta obedecer sólo de palabra. Hay que cumplir la voluntad de Dios. Jesús critica muy duramente a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, que en principio eran los destinatarios de la promesa del Reino, recrimina su actitud autosuficiente y les manifiesta que los pecadores van por delante de ellos en el Reino de Dios porque no se creen los mejores, han escuchado su palabra y se han convertido de corazón.

No estamos exentos de caer en la tentación de creernos en posesión de la verdad absoluta y de no querer cambiar nada porque estamos muy seguros de nuestras posiciones. ¡Que hipocresía la nuestra! Cuantas veces decimos «sí» con la boca y «no» con el corazón. Aparentamos que somos buenos, que nos preocupa la salvación propia y ajena, pero en el fondo nuestro corazón está lleno de vanidad, orgullo y egoísmo. Hemos de caminar en humildad, reconociendo nuestras resistencias para acercarnos a trabajar en la viña del Señor. Sigamos el ejemplo de Jesús que se rebajó en todo por obediencia absoluta al Padre (cf. Flp 2,1-11). No valen solamente las palabras y las buenas intenciones. Hace falta el obrar coherente, pues la persona se expresa en el obrar. Lo dice Jesús en otro lugar: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21).