D. Jesús Miguel Martín Ortega – (Diario de León, 22/11/2025)
El mes de noviembre nos trae, año tras año, el recuerdo y la nostalgia de los familiares y amigos que ya no están entre nosotros. Con la nostalgia nos viene la pregunta por el sentido de nuestra vida y de nuestra muerte.
En una perspectiva inmanente y materialista, el hombre occidental vive convencido de que no hay más que el presente de su vida, aquello que percibe por sus sentidos. Así las cosas, su lema será el carpe diem, expresión de Horacio (carpe diem, quam minimum credula postero, es decir, aprovecha el día, y confía lo menos posible en el mañana). Sin embargo, ni estos pensamientos tan arraigados en nuestra cultura pueden acallar la tensión que sentimos hacia lo trascendente y el anhelo por la utopía.
Cuando parece que todas las expectativas se mueven de tejas abajo, la preocupación por lo trascendente se manifiesta en la masiva visita a los cementerios o en la inquietud y búsqueda de lo que ansía el corazón humano y lo trasciende. Es verdad que la masiva afluencia a los cementerios hay que ponerla en cuarentena pues concurre una amalgama de motivaciones diferentes e incluso opuestas; pero también esconden un interés, una apertura, un deseo de futuro para los que murieron y echamos de menos.
El evangelio que se proclamará mañana domingo nos presenta la figura de Jesucristo, Rey del Universo, en el trono de la cruz. Parece que todo está perdido; que no hay ni salvación ni futuro. Uno de los condenados junto a él lo insulta. Por el contrario, el otro, reconociendo su situación, le suplica: Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Oración pobre y humilde: me basta con que te acuerdes de mí. Pero Jesús siempre supera nuestras expectativas: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.
Podemos renegar o suplicar. Podemos hacer mofa de las víctimas o descubrir en ellas la presencia del Pantocrátor. El pasaje evangélico nos deja claro que el futuro será de los que suplican confiadamente al Rey del Universo.








