Mons. José Manuel del Río Carrasco – (Diario de León, 05/04/2026)
En este día, S. Atanasio anunciaba a los cristianos que acudían a la Eucaristía: «¡hemos entrado en el gran domingo!». Sí, hoy es el domingo primero de todos los domingos del año. Justo por ser la conmemoración anual de lo que celebramos cada domingo los cristianos: el día de la resurrección del Señor. Es el día lo que hace que la misa del domingo sea más importante que todas las demás; y es este domingo, marcado como aniversario de la resurrección de Cristo, lo que hace que sea el más festivo. Cada pueblo o grupo humano establece sus fiestas: son las fechas en que reafirma y celebra, de la forma más expresiva, los hitos decisivos que marcaron su historia; los acontecimientos que fraguaron su propia identidad; los fundamentos que sostienen su esperanza. Los cristianos celebramos hoy nuestra gran fiesta: Cristo, nuestro Señor, ha resucitado y nosotros hemos pasado con Él de la muerte a la vida.
Celebramos, pues, el misterio central de nuestra fe. Tal y como desde aquel día nos lo transmitieron los testigos privilegiados del acontecimiento. Por eso precisamente, la Iglesia quiere escuchar hoy ese testimonio apostólico original en el que se funda todo lo que cree. Fue en casa de Cornelio, un romano convertido al Evangelio, donde Pedro lo proclamó por primera vez a los que no eran ya judíos. Sí, Pedro y sus compañeros tuvieron que abrirse paulatinamente a esa experiencia del Señor resucitado: desde el desconcierto ante el hecho del sepulcro vacío, hasta que los encuentros con el mismo Resucitado se lo fueron clarificando. Es lo que viviremos en el tiempo pascual que hoy inaugura hasta Pentecostés. Y es que el sudario plegado con cuidado, pero aparte ya, era todo un «signo» de que en el rostro del Resucitado se desvelaría por fin, sin otras apariencias, la gloria de Dios. Es esta la condición para poder gozar la experiencia de vida nueva que entraña cada domingo, sin convertirlo en un día más de la tierra.








