Mons. José Manuel del Río Carrasco – (Diario de León, 14/03/2026)
A mitad de la Cuaresma encontramos el “Domingo del Laetare” o “Domingo del gozo”. Como el gozo es inseparable de la luz, podemos llamarle, también, “Domingo de la luz”. Ya desde la primera lectura de este día encontramos la luz y el gozo: un desconocido pastorcillo, David, es elegido por Dios para ser el Rey de Israel. Entre líneas se deja entrever que Dios reserva la dignidad real a toda criatura humana introducida, por medio del Bautismo, en un Pueblo de reyes, sacerdotes y profetas.
Los primeros cristianos llamaban al bautismo “iluminación”, por lo que se denominaban “iluminados” o bautizados. Desde esta perspectiva el evangelio del ciego de nacimiento se convierte en una preciosa catequesis bautismal. Los que todavía no han sido bautizados son como los ciegos que no ven el rostro del Padre celeste, no reconocen en los demás hombres a sus hermanos y hermanas, ni descubren en las criaturas los peldaños de una escalera que te lleva directamente al Dios creador de todas las cosas. El ciego tras ser curado es abordado por los fariseos que querían inducirle a declarar que no había sido iluminado o a esconder el evento. Sí, es lo mismo que ocurre hoy con tantos que pretenden que los bautizados olvidemos nuestra condición de tales.
San Pablo recuerda hoy a los bautizados de Éfeso que están en la luz del Señor y que se deben comportar como hijos de la luz. Los hijos de la luz son reconocidos por sus obras, que el Apóstol indica con tres palabras: “bondad, justicia y verdad”. Santo Tomás de Aquino veía en la bondad el cumplimiento de los deberes hacia uno mismo; en la justicia la observación de los deberes sociales (hoy clamorosamente violados); en la verdad el cumplimiento de las obligaciones religiosas o de la recta relación con Dios. A quién no observa estos deberes, la Carta a los Efesios le alienta hoy así: “Despierta, tú que duermes, levántate de la muerte y Cristo Jesús te iluminará”.








