Liturgia Dominical – CORRECCIÓN FRATERNA

D. Florentino Alonso Alonso – (Diario de León, 05/09/2026)

Cuando alguien nos corrige nos suele parecer mal, no nos gusta. Pero todos hemos de estar dispuestos a escuchar una palabra de ayuda que oriente nuestra vida hacia Dios. El cristiano no puede pasar por alto el cumplimiento de la obra de misericordia que invita a corregir al que yerra; quien conoce el mal camino que lleva un hermano no puede permanecer impasible como si aquello no fuera con él. Y esto es válido no sólo para el orden interno de la Iglesia; también de puertas afuera ha de resonar la voz profética que denuncie las injusticias y anuncie la salvación de Dios.

El evangelio de este domingo está tomado del discurso de Jesús sobre la vida de la comunidad cristiana (Mt 18,15-20). Subraya la responsabilidad de cada bautizado hacia los propios hermanos, responsabilidad que se funda y se ejerce en el amor. Si falta éste, no hay verdadera corrección fraterna, sino intromisión en la vida de los otros. No se trata evidentemente de aprovechar cualquier nimiedad para echar en cara al hermano todo lo que hace mal, sino de querer lo mejor para el otro. No haríamos bien si nos callamos ante las conductas impropias de nuestros hermanos. Dios quiere que todos se salven y, de alguna manera, nos convertimos en instrumentos de salvación para otros, alertándoles del peligro (cf. Ez 33,7-9). No ayudar a quien está en peligro, en este caso un peligro moral, es una grave irresponsabilidad y un pecado de omisión. Dice san Pablo: «a nadie le debáis nada, más que el amor mutuo… El amor no hace mal a su prójimo» (cf. Rom 13,8-10). En este sentido, la corrección fraterna es un instrumento del amor fraterno y un signo del amor a Dios y a los hombres. El Dios en quien creemos, que nos ha redimido y adoptado como hijos, nos mira siempre con amor, por eso nuestra mirada y corrección al hermano han de hacerse invariablemente con amor y buscando su bien. Sólo desde unas relaciones fraternas -de amor- es posible un diálogo entre hombres y mujeres, ricos y pobres, izquierdas y derechas, creyentes y no creyentes, en orden a edificar una comunidad más justa sin renunciar a la riqueza de la diversidad.