Queridos hermanos y hermanas:
Acabamos de celebrar la XXV Semana de Pastoral. Han sido días de encuentro, oración, escucha, formación y conversación; días para reconocer, de un modo distinto, que nuestra Iglesia diocesana recibe llamadas y ha de responder. Dios continúa llamándonos y espera nuestra respuesta bien cimentada en la esperanza, la fortaleza y la humildad.
Vamos tomando conciencia de que la vocación no está reservada a unos pocos. Cada persona bautizada es llamada por su nombre y enviada a la misión; ha recibido dones que no son únicamente para ella, sino también para edificar la comunidad y servir a los demás. Por eso, debemos ampliar el interrogante «¿Quién soy?» y preguntarnos: «¿Para quién soy?». Y, como Iglesia, «¿Para quién somos?».
La respuesta nace de la fe en Jesucristo, que nos libera del miedo y nos impulsa a salir a la intemperie de la misión; una fe que facilita encuentros fraternos, impulsa relaciones de ayuda que dignifican y evangeliza en primer anuncio. Seamos conscientes de que nuestra fe crea comunidad, tiende puentes, acompaña la soledad no deseada, se inclina ante quien está herido y se hace coloquio con la sociedad. La vocación cristiana siempre nos conduce hacia Dios y hacia los hermanos, especialmente hacia quienes más sufren, se sienten olvidados o viven sin esperanza.
El profesor Francesc Torralba, en la ponencia central de la XXV Semana de Pastoral nos invitó a descubrir y levantar los pilares de nuestra vocación: la esperanza, la fortaleza y la humildad. Recordémoslo para que vibre nuestra respuesta vocacional, personal y eclesial.
En estos primeros días de octubre, la fiesta de san Froilán nos ofrece un buen modelo para renovar esta conciencia. Nuestro patrono fue un hombre que escuchó la llamada de Dios y dejó que esa llamada transformara su vida sin vivir para sí mismo. Se puso al servicio del Evangelio y de las gentes de su tiempo, aceptando los planes de Dios, que eran distintos de los suyos. San Froilán nos recuerda que también nosotros hemos sido bautizados, llamados y enviados y que podemos alcanzar la dicha de vivir descentrados de nosotros mismos y centrados en Dios y en los demás desde nuestra vocación.
Las Cantaderas, la romería de san Froilán en la Virgen del Camino, el desfile de pendones y carros engalanados y las demás celebraciones tradicionales unen fe, historia y cultura. Nos ayudan a recordar de dónde venimos, a agradecer lo heredado y a conservarlo con responsabilidad sin quedar anclados en el pasado. Una tradición cristiana permanece viva cuando no se limita a repetir gestos de otros tiempos, sino que, al recordar nuestras raíces, nos impulsa a vivir hoy el Evangelio con mayor autenticidad.
Celebremos con alegría la fiesta de san Froilán. Hagámoslo renovando nuestro compromiso de ser una Iglesia cercana y acogedora, fraterna, evangelizadora y samaritana. Una Iglesia consciente de la riqueza de todas las vocaciones y de la importancia de cada persona para formar una asamblea de llamados.
Necesitamos comunidades que sepan acoger y escuchar; comunidades abiertas a los jóvenes y atentas a nuestros mayores; comunidades capaces de acompañar a las familias, a los migrantes y a cuantos atraviesan dificultades. Necesitamos una Iglesia con una presencia activa en nuestros barrios, pueblos y ciudades, capaz de sembrar esperanza allí donde crecen el cansancio, la incertidumbre y el desaliento y de dar testimonio de que Dios vive en cada rincón de León.
No tengamos miedo de preguntarnos: «Señor, ¿qué quieres de mí? ¿En qué puedo ayudarte? ¿Para quién soy? ¿A quién me envías?». Y tampoco temamos preguntarnos juntos: «Señor, ¿para quién quieres que seamos Iglesia en León?».
Que san Froilán interceda por León y nos ayude a escuchar, a discernir y a responder, personalmente y como Iglesia diocesana, con esperanza, fortaleza y humildad: «Aquí estoy; aquí estamos».
Con mi afecto y bendición.
✠ Luis Ángel de las Heras, CMF
Obispo de León







