Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. 

2019 FEBRERO - EUCARISTÍA EN SUFRAGIO DEL EMMO. SR. D. FERNANDO SEBASTIÁN

Obispo de León desde el 29-IX-1979 al 30-VIII-1983   -  “Que los que me has dado estén conmigo”

Sab 3,1-6.9 (Lecc. V, p. 473).     Sal 26: R/ El Señor es mi luz y mi salvación.             Jn 17, 24-26 (Lecc. V, p. 526-527)

Queridos hermanos presbíteros y diáconos, 
Religiosas y fieles laicos:

Estamos celebrando una eucaristía en sufragio de Mons. D. Fernando Sebastián Aguilar, arzobispo emérito de Pamplona y cardenal de la Santa Iglesia Romana -por cierto, el primer cardenal nombrado por el papa Francisco- y que fue obispo de León apenas durante tres años y tres meses.

1.- D. Fernando y la diócesis de León

El Señor lo llamó a su presencia el 24 de enero pasado en Málaga, donde residía y de cuya sede fue Administrador Apostólico siendo arzobispo coadjutor de Granada. Para los diocesanos de León D. Fernando era alguien de casa, como suele decirse, aunque su estancia aquí fue realmente corta, exactamente desde el 29 de septiembre de 1979, día en que recibió la ordenación episcopal en nuestra Catedral, conferida por el entonces cardenal D. Vicente Enrique y Tarancón, arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, hasta la renuncia en junio de 1983 para dedicarse de lleno a su tarea de Secretario de la Conferencia Episcopal Española. Yo tuve la suerte de estar presente en aquella celebración acompañando al que entonces era mi obispo. Muchos años después, en Málaga, conviví unos días con D. Fernando percibiendo en él una cierta nostalgia de aquellos breves años de León.

            Porque D. Fernando no olvidó nunca su inicial vinculación con nuestra Diócesis. Más aún, aquella decisión de renunciar, tomada después de larga reflexión, oración y consultas y que no sentó precisamente bien ni en León ni en Roma, “cambió su vida” según sus propias palabras. Pero desde el comienzo de su episcopado, el que había sido catedrático de teología y rector de la Universidad Pontificia de Salamanca se entregó en cuerpo y alma, primero al pastoreo de la diócesis, convencido de que su elección como obispo había sido en el fondo “una nueva llamada del Señor” y, posteriormente, a los trabajos de la Secretaría de la Conferencia Episcopal, no meramente burocráticos sino de servicial y discreto animador de sus diversos organismos. Él fue también inspirador eficaz de los principales documentos colectivos de aquellos años y desempeñó un gran papel en la preparación y en el desarrollo del primer viaje apostólico de san Juan Pablo II a España en 1982.

Personalmente creo que todos los que hemos conocido a D. Fernando Sebastián en alguna de las facetas de su aportación a la misión de la Iglesia hemos admirado siempre tanto su profunda formación teológica como su incansable preocupación por acercarse a los problemas concretos de la vida de los hombres y a los desafíos de la sociedad de hoy.

2.- La oración por quien gastó su vida en el servicio a la Iglesia

          Resulta inevitable, en la celebración de la eucaristía y de otros sufragios por los difuntos, especialmente si se trata de los pastores de la Iglesia, el evocar algunos rasgos de su ministerio para estimular el recuerdo y la oración sincera y confiada. En el caso de D. Fernando Sebastián, consciente del afecto que profesó siempre a nuestra diócesis, he creído que era un deber de gratitud el celebrar esta eucaristía para encomendarlo al amor siempre desbordante de Dios. En este sentido las lecturas de la palabra divina alimentan y motivan nuestra plegaria. En primer lugar el evangelio, tomado de la oración sacerdotal de Jesús en la última Cena: “Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo” (Jn 17,24).

            Como sabéis, el trasfondo circunstancial y emotivo de ese momento en el que Cristo se despedía de sus amigos, era la inminencia de su muerte que Él presentía ya cercana. Jesús fue plenamente consciente de lo que se avecinaba. Por eso quería vivir aquella Cena, con un carácter especial y diferente de los otros convites. Era su última comida en la que ofreció algo totalmente nuevo: hacía la ofrenda de sí mismo como “víctima de propiciación”, en expresión de la Carta a los Hebreos (cf. Hb 2,2). Anticipaba así su Pascua, es decir, su muerte y resurrección. Pero lo más conmovedor es que, en esos momentos, Él pensaba en sus discípulos, en los de entonces y en los de ahora, en los que creyeron en él y en los que creerían en virtud de las palabras de aquellos (cf. Jn 17,20-21). Caer en la cuenta de esto nos permite ver la profundidad de la oración de Jesús por los suyos aquella noche, la atención por cada uno.

3.- Nuestra confianza en las promesas del Señor

            En este sentido y en el marco de esta celebración eucarística, debemos pensar que la oración sostuvo a Jesús en la debilidad congénita de todo ser humano. Como nos sostiene también a nosotros cuando se acercan las pruebas de la vida, las dificultades que vienen de fuera o que tienen su origen en nosotros mismos. Ante la realidad de la muerte ha de fortalecernos la firmeza de Cristo y su deseo, expresado en la oración en Getsemaní, de cumplir totalmente la misión de entrega por amor y de ofrenda obediente a la voluntad del Padre (cf. Mt 26,39.42).

            Por su parte, la primera lectura, del Libro de la Sabiduría, nos recordaba así mismo que la “vida de los justos está en manos de Dios… (de manera que) los que son fieles a su amor permanecerán a su lado” (Sab 3,1.9). “Estar en las manos de Dios” significa seguridad, garantía, certeza aun en medio de la tribulación o de la prueba. Es la afirmación que aparece al comienzo de la lectura y que se explicita justamente al final del texto, al aludir a la fidelidad al amor divino. La condición es clara: permanecer fieles en esta vida para poder disfrutar de la cercanía de Dios en la otra, en el “más allá”. En esa confianza los problemas, las contrariedades y los sufrimientos actuales son algo momentáneo en comparación con la felicidad que se espera.

4.- Plegaria y recordatorio

             La muerte es siempre un misterio que, además, nos sobrecoge y supera, pero confiamos que Dios está con nosotros siempre, en nuestra existencia aquí en la tierra y en la que esperamos más allá confiando no en nuestras propias fuerzas y actitudes sino en la infinita misericordia divina. Por eso oramos por los fieles difuntos y encomendamos a los que nos han precedido con la señal de la fe. Hoy lo hacemos por D. Fernando Sebastián, el cristiano, el religioso hijo del Inmaculado Corazón de María, el sacerdote, el teólogo, el obispo. Y lo hacemos fiándonos de la palabra del Señor. Es un modo de agradecer a Dios y al mismo D. Fernando no solo la profunda formación teológica que tenía sino también su incansable preocupación pastoral por hacer de la teología y de las demás facetas de la vida de la Iglesia un servicio desde la fe en respuesta a las situaciones y problemas de los creyentes y aun de la misma sociedad humana.

            Termino evocando unas palabras de D. Fernando en la misa de su despedida: “Llegué aquí como un desconocido y vosotros me acogisteis y yo creo que me quisisteis. Yo también llegué sin conoceros a vosotros, me interesé por todas vuestras cosas; pienso que algo llegué a conocer esa profunda, esa noble alma leonesa; llegué a conocer los rincones más apartados de la diócesis y de la provincia, los problemas grandes y menudos de nuestra comunidad diocesana, de nuestras parroquias, de nuestra convivencia; algo os llegué a conocer y os he querido y os querré mucho”[1]

+Julián, Obispo de León


[1] Homilía de la Misa de Despedida de D. Fernando Sebastián Aguilar: BOO de León n. 8/9 (1983) p. 343.

Diócesis de León - Plaza de Regla, 7 - 24003 León (España)
Telf: 987 21 96 80 - Fax Secret.: 987 26 06 65