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2019 ENERO - FIESTA DE LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO

Clausura del Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos - (Basílica de S. Isidoro, 25-I-2019)

 “Levántate, sigue hasta Damasco” 
Hch 22,3-16; Sal 116          Mc 16,15-16

 

               Sr. Abad y presbíteros concelebrantes, Religiosas, seminaristas,

            Amados fieles:

               La Iglesia nos ha convocado hoy, Fiesta de la conversión de san Pablo, para orar por la unidad de todos los creyentes en Jesucristo, la unidad que el mismo Señor hizo objeto de una súplica ardiente en la última cena con sus discípulos antes de padecer: Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros” (Jn 17,11; cf. v. 21). ¿Presentía ya nuestro Señor que los discípulos no íbamos a permanecer fuertemente unidos superando las posibles diferencias entre nosotros? Porque, efectivamente, en la historia multisecular del cristianismo no han faltado divergencias a veces tan profundas que han roto la necesaria unidad en la caridad e incluso en la fe. Sin embargo, por encima de los conflictos y de las rupturas en la comunión de la vida eclesial, “como si Cristo mismo estuviera dividido” -expresión del Concilio Vaticano II (UR 1)-, el Espíritu Santo no deja de mover los corazones manifestándose también y por todas partes, cada vez más fuerte y claramente, la existencia de un sincero deseo y búsqueda de la unidad.

1.- Razón de ser del Octavario de oración por la Unidad de los Cristianos

       Así nació hace más de un siglo, exactamente en 1908, el Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos que culmina hoy. La conmemoración evoca un acontecimiento de la misericordia divina que salvó y recuperó para la fe y la verdad al futuro Apóstol de las Gentes, como él mismo confiesa en algunas de sus cartas: “Cuando aquel que me escogió  desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí para que lo anunciara entre los gentiles” (Gal 1,15-16; cf. Hch 9,3-9). Por eso la fiesta demuestra las maravillas de la gracia de Dios moviéndonos a todos en la confianza de que es posible la unidad en el amor de Cristo, como fruto no de un compromiso nuestro sino de la humilde y sincera búsqueda personal y eclesial de lo que el Espíritu Santo sugiere y va realizando en cada momento.

         San Pablo se consideró siempre beneficiario de una elección y vocación divina extraordinaria. Realmente el “Camino de Damasco” supuso para el futuro apóstol una búsqueda sincera y apasionada, aun cuando su encuentro con Jesucristo (cf. Hch 22,6ss.) fue obra ante todo de Dios. Por otra parte, en el relato aparece también la misteriosa pero real identificación de Cristo con quienes están sufriendo la persecución (cf. 1 Pe 4,14). Y san Pablo fue escogido para anunciar y poner de manifiesto esa unidad profunda de cada cristiano y de toda la comunidad con el que es la cabeza de todo el cuerpo, la Iglesia (cf. 1 Cor 12,12ss.). Quizás por esto el apóstol, durante toda su vida, dio tanta importancia a esa vocación o llamada que se extendía incluso a los gentiles para que participasen, ellos también, de esa realidad formando con Cristo un solo cuerpo que es la Iglesia (cf. Ef 3,6; cf. 1 Cor 12,13; etc.).

2.- La vocación del “Apóstol de las gentes”

En este sentido el recuerdo de la conversión de san Pablo nos ayuda a comprender el motivo y la razón profunda de la vinculación de la oración por la unidad de los cristianos con dicho acontecimiento, a primera vista personal y relativo únicamente a la misión del apóstol. No en vano san Pablo fue muy consciente siempre de haber sido elegido y llamado no solo para predicar a Jesucristo sino también para acreditar y dar testimonio de la realidad profunda del misterio de la comunión eclesial. Al final de la primera lectura hemos escuchado el encargo confiado a Ananías de buscar a Saulo porque “ese hombre -en palabras del Señor- es un instrumento elegido por mí -vaso de elección” como decían algunas traducciones- para llevar mi nombre a pueblos y reyes” (Hch 9,15)

A la luz de ese texto comprendemos también la íntima relación y el alcance pastoral de esta oportuna vinculación del recuerdo de la conversión de san Pablo a la oración por la unidad de los cristianos. No fue una iniciativa casual sino una decisión inspirada por Dios y providencial para nuestro mundo en el que no han faltado ni faltan persecuciones a los creyentes en Cristo y atropellos de lo que debe entenderse como “la libertad religiosa” según las enseñanzas del Concilio Vaticano II (cf. DG 2ss.). Recordando a san Pablo debemos orar en este día y durante todo el octavario por la unidad de la Iglesia. El “heraldo de Cristo”, como ha sido llamado modernamente este apóstol, contribuyó de manera decisiva a que se perfilase la misión de la Iglesia enviada al mundo para anunciar y dar testimonio del “misterio de Cristo y de la Iglesia”, y para hacer presente y actual dicho acontecimiento. Recuérdese por ejemplo la categórica afirmación de san Pablo: “por él -Jesucristo mi Señor- lo perdí todo y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él… Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección” (Fl 3, 8.10a).

3.- La exhortación paulina a la unidad en la Iglesia

En efecto, san Pablo nunca olvidó la experiencia de su conversión y el objetivo de su misión como apóstol. El vivió la unidad de la Iglesia como una realidad viva y dramática al mismo tiempo, extrayendo las consecuencias más radicales. Por eso, a los cristianos inquietos por el destino final de los muertos les decía simplemente: Si los muertos no resucitan, Cristo tampoco ha resucitado porque nosotros somos su cuerpo (cf. 1 Cor 15,16.20; 13,27). Y a los que andaban enfrentados o apelaban a distintos apóstoles les exhortaba: Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir… Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo». ¿Está dividido Cristo?” (1 Cor 1, 1a. 12-13a).

            Nos encontramos al final del Octavario de oración por la Unidad de los Cristianos. No pensemos que las recomendaciones del apóstol fueron hechas tan solo para la comunidad de Corinto o para los cristianos de aquel tiempo. Las posibles divisiones y las actitudes personales en otros enfrentamientos, aunque estén ocasionados por motivos no religiosos, deben ser objeto de nuestro examen y necesario arrepentimiento porque pueden ser un síntoma o señal de que Cristo no habita plenamente en nosotros, llamados permanentemente a la conversión por la misericordia del Padre. Creer en Jesucristo supone procurar la unidad entre todos y amar profundamente a la Iglesia por lo que esta es y significa.. Como recordó el Concilio Vaticano II citando a San Cipriano: “La Iglesia se manifiesta como ‘una muchedumbre reunida a partir de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’” (LG 4; S. Cipriano, De oratione dominica, 23).

           Queridos hermanos: Este profundo deseo que brotó del corazón de Cristo durante la última Cena con los Apóstoles y que se manifiesta en el Octavario de oración por la Unidad de los cristianos que concluye hoy, exige una profunda y sincera conversión en todos nosotros que haga posible también que en nuestras mismas relaciones humanas procuremos centrarnos en lo que nos une, alegrándonos por ello, y sabiendo afrontar con respeto y caridad lo que nos separa. Con estas actitudes el diálogo ecuménico y religioso en general no solamente es posible sino que será incluso edificante. Que así sea.

+Julián, Obispo de León

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