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2018 Octubre - SOLEMNIDAD DE SAN FROILÁN, PATRONO DE LA DIÓCESIS

(Romería ante el Santuario de la Virgen del Camino)  - (5-octubre-2018) 
"Santos e irreprochables ante Él por el amor"

             Ez 34,11-16; Sal 22;                 Ef 4,1-7.11-13;                  Mt 28,16-20  

               Un año más estamos aquí, movidos por la tradición religiosa de nuestras gentes que tienen su principal referencia en el Santuario de la Reina y Madre del pueblo leonés.  Nos convoca la venerada imagen de la Virgen del Camino, que vela no solo por los peregrinos que pasan a su vera sino también por los que la invocan y recuerdan en sus lugares de residencia o trabajo. Inclinada sobre el cuerpo de Cristo recién bajado de la cruz y colocado en su regazo, parece estar compartiendo los mismos sentimientos de su Hijo, “hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2,8; cf. Jn 19,25-27).

1.- La fiesta de San Froilán y la romería de la Virgen del Camino

Esta convocatoria popular se produce en la fiesta de san Froilán, el santo eremita de Valdorria que después de unos años de vida monástica junto a su compañero san Atilano en Moreruela de Tábara, fueron procurados por el pueblo para el episcopado con el beneplácito del rey Alfonso III: Froilán para la sede de León y Atilano para la de Zamora. Después de un breve pero fructuoso pontificado, Froilán muere a la edad de 73 años. El pueblo ahora lo venera como santo y su fama se extiende por toda la Iglesia. San Froilán es patrono de las diócesis de León y de Lugo y titular de una parroquia en nuestra capital. Sus reliquias se conservan en un arca bajo el altar mayor de la nuestra catedral.

Pero lo que tradicionalmente ha motivado esta romería en el día de hoy ha sido el amor y la devoción de los leoneses hacia a la Santísima Virgen del Camino. Por algo Ella  es el vínculo que nos une a cuantos hoy y siempre la invocamos como “Reina y Madre de misericordia”. Y ese vínculo de nuestro pueblo con la María, la Madre del Señor, tiene su raíz en la fe en Jesucristo su Hijo y Señor nuestro. Los cristianos que aman a la Virgen perciben una fuerte atracción en el alma que se traduce en actos y gestos de devota ternura en recuerdo suyo, especialmente en los momentos de dificultad o de dolor. Pero María nos lleva siempre a Jesús y nos invita a encontrarnos con Él, a hacer lo que Él nos diga como sucedió en las bodas de Caná, cuando faltó el vino y su intercesión resolvió el apuro de unos jóvenes esposos (cf. Jn 2,5ss.). 

2.- La invocación a la Santísima Virgen y la caridad fraterna

En este sentido, toda invocación a la Santísima Virgen María suplicando su ayuda conduce a un encuentro con la persona misma de Jesucristo y con la fuerza vital de la gracia de Dios que Él pone en nosotros para fortalecer nuestra fe, para consolidar nuestra esperanza y para hacer más vivo y patente nuestro amor fraterno, la caridad. La caridad, una virtud que debe impregnar la vida cristiana e impulsar y mover todas las actividades de la Iglesia. El evangelio que se ha proclamado, evocaba concretamente la misión que Jesús confió a los apóstoles antes de subir a los cielos: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20). Solo desde el amor cristiano, vivido en plenitud, se explica la acción misionera de la Iglesia a lo largo de los siglos. Solo desde ese amor encuentra justificación la renuncia que llevan consigo la vida consagrada, el sacerdocio y el apostolado seglar. 

Pero, volviendo a los actos de la devoción popular, relacionados con los santuarios marianos, tengamos en cuenta también que dichos actos fortalecen siempre la esperanza y la fe, a la vez que estimulan la práctica de la caridad fraterna. No en vano, junto a los santuarios marianos se han establecido en no pocos lugares albergues para los peregrinos, refugios para los necesitados e incluso hospitales para los enfermos. Pensad por ejemplo en Lourdes o en Fátima e, incluso, en nuestra basílica de la Virgen del Camino y en las incontables ermitas y advocaciones que la Madre del Señor tiene en estas benditas tierras de León. Son lugares no solo de devoción y de fe, sino también de fraternidad, de acogida, de asilo de caminantes, de fortaleza para los débiles y de consuelo para los que sufren.

3.- De la devoción a María a la práctica de la vida cristiana

Junto a María se fortalecen, por tanto, la fe y la caridad en un aprendizaje continuo de cómo ser y vivir cristianamente.  La Virgen María camina a nuestro lado y nos estimula a dar pasos en orden al crecimiento en humanidad y en el desarrollo de las personas. Ella es la Madre que acompaña siempre a los más pequeños en el despertar de la fe; la que propone a los jóvenes un modelo de vida con futuro y esperanza a la vez que les sugiere los valores más limpios y auténticos; la que acompaña durante la madurez para seguir considerando la vida como un don de Dios y una oportunidad para hacer el bien y disfrutar de la belleza; la que propone recibir de la ancianidad una lección de experiencia y de sabiduría. Nos lo recordaba san Pablo en la II lectura, invitándonos a sersiempre humildes y amables, comprensivos”, a sobrellevarnos “mutuamente con amor” esforzándonos “en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (cf. Ef. 4,2-3).

            Queridos hermanos: Dios nos quiere “santos e irreprochables ante Él por el amor” (Ef 3,4). Su voluntad para nosotros es “nuestra santificación” (1 Tes 4,3). Él no nos pide una vida cristiana en grado heroico como la de los grandes santos del calendario cristiano, pero tampoco se conforma con la mediocridad y el abandono de los inconscientes. Miremos a nuestro alrededor con espíritu de fe y amor, y descubriremos entonces, como dice el papa Francisco, que hay mucha gente no solo buena sino admirable desde el punto de vista cristiano. Sin duda se da mucha santidad a nuestro alrededor, hay muchos santos de “la puerta de al lado”, como dice el Papa. 

+Julián, Obispo de León

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