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2018 Septiembre - SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DEL CAMINO

(Basílica de la Virgen, 15-IX-2018) - "La recibió como algo propio"

            Jdt 13,17-20; Sal 30;              Hb 5,7-9              Jn 19,15-27

            La solemnidad de la Santísima Virgen del Camino, Patrona de la Región leonesa, nos convoca un  año más al llegar el día grande su fiesta. Es cierto que la tenemos siempre presente y que acudimos con frecuencia a visitarla y exponerle nuestras alegrías y esperanzas, nuestras preocupaciones y necesidades. Por algo León la llama Reina de sus tierras…, su dulzura…, su vida… y su esperanza… y muy especialmente Madre… de sus hijos. Pero hoy es su día y, por tanto, también el más indicado para manifestar a Nuestra Señora Santa María el amor y la gratitud de todos los leoneses.

1.- La solemnidad de Nuestra Señora la Virgen del Camino

             Nuestra presencia hoy en la basílica de la Virgen no obedece solamente a la costumbre profundamente arraigada en nuestro pueblo de honrar a nuestra Reina y Madre en el día grande de su fiesta sino que tiene también convicciones muy profundas apoyadas en la fe cristiana en la que fuimos bautizados. Al contemplar la santa imagen de la Virgen del Camino, que representa a María acogiendo en su regazo al Hijo muerto que acaba de ser bajado de la cruz, percibimos no solo el dolor de una Madre sino también la compasión de su alma hacia todos aquellos que se sienten y nos sentimos representados por el discípulo Juan cuando Jesús, desde la Cruz, nos confió al amor de María como hemos escuchado en el evangelio (cf. Jn 19,26-27).

            Ayer, en el calendario cristiano se celebraba la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el madero santo en el que se efectuó nuestra redención y se manifestó hasta donde llegó el amor de Dios y su inmensa misericordia. Contemplando el cuerpo exánime de Jesús en los brazos de su Madre y viendo el rostro dolorido de esta empezamos a entender también la compasión de Dios para con la humanidad y cada uno de nosotros. Lo había anunciado Jesús: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Hoy, al celebrar a Nuestra Señora del Camino, Virgen del Dolor y de la Esperanza, percibimos de qué manera y con qué hondura y verdad compartió Ella el amor de Dios y los sentimientos de su Hijo al redimirnos. Fue el modo como la Madre participó vivamente en la Pasión de Cristo mediante el propio dolor y, nunca mejor dicho, la propia compasión. Allí, junto a la Cruz, se cumplió y de qué manera la profecía de Simeón cuando el Niño Jesús fue presentado en el templo de Jerusalén a los cuarenta días de su nacimiento y el anciano anunció proféticamente a su Madre: “Una espada te traspasará el alma” (Lc 2,35).

2.- La participación de María en la pasión redentora de Cristo

            En la Carta a los Hebreos se hace de Jesucristo una afirmación que puede parecernos difícil de comprender y aceptar, pero que es muy reveladora del significado de lo que había sucedido en el Calvario: “Convenía que aquel, para quien y por quien existe todo, llevara muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación” (Hb 2,10). Hasta aquí llegó la obediencia de Cristo a la misión que había recibido del Padre para redimirnos y llevarnos también a nosotros a la gloria. Hasta el extremo de que María, su Madre, compartiese también el sufrimiento que había de facilitarnos la salvación. El dolor que se refleja en el rostro de la Virgen del Camino es expresión y testimonio de cómo Ella asumió la nueva misión espiritual de acoger a los discípulos de su Hijo que este le había encomendado desde la cruz antes de morir (cf. Jn 19,26).

 

Con razón se reconoce en María una participación activa en el misterio de nuestra salvación recibiendo la misión espiritual que su Hijo le había encomendado poco antes de expirar, el ser Madre también de todos los discípulos de Jesucristo (cf. Jn 19,26). Y en ese momento, como señala expresamente el evangelio, el discípulo Juan que nos representaba a  todos “la recibió como algo propio” (Jn 19,27b), es decir, la aceptó y acogió con la mayor ternura en su corazón y en su vida, como hacen los buenos hijos con sus padres cuando lo necesitan.

El episodio tiene, pues, una extraordinaria importancia para definir y comprender la nueva función que Jesús confió a María cuando le dio: “Mujer, ahí tiene a tu hijo” y, a continuación, al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27). Con palabras de san Juan Pablo II: “Jesús no sólo recomienda a Juan que cuide con particular amor de María; también se la confía, para que la reconozca como su propia madre” (Catequesis de 7-V-1997).

3.- Acoger a María en nuestra propia vida

        El Señor, en la cruz, se desprendió de lo que sin duda más amaba en este mundo, su propia Madre confiándola a quienes eran sus discípulos y amigos. Así los había llamado durante la última cena (cf. Jn 15,14-15). Ese deseo suyo vale también para nosotros pues contiene el ofrecimiento y la invitación a recibir a María como verdadera Madre y a comportarnos con Ella como verdaderos hijos. Desde entonces y en todas partes, donde hay cristianos, aunque no sean muy practicantes o conscientes de su fe, se respeta y se ama profundamente a la Santísima Virgen María, identificándola con las más bellas y originales advocaciones, expresión indudable de cercanía y de amorosa confianza.    

            Se refleja así la espontaneidad del pueblo cristiano y la confianza que experimenta ante la imagen siempre amada y venerada en la iglesia parroquial, en el santuario o en la pequeña ermita, casi siempre identificando a la Santísima Virgen con un nombre original y único en la mayoría de los casos. Esta es una más de las características de la devoción popular hacia la Madre de Dios y Madre nuestra, fruto espontáneo y expresión sencilla de la fe cristiana. Y así sucede y se percibe en esta basílica de la Virgen del Camino. Fue el propio Señor, como he señalado antes, el que desde la cruz confió su Madre a los discípulos suscitando en ellos una actitud de amor y de confianza en María e impulsándolos a reconocer en ella a una verdadera Madre, la Madre de todos. De manera que, al recurrir a Ella, atraídos por su ternura, también los hombres y las mujeres de nuestro tiempo encuentran en Jesús la esperanza y la salvación.

            Que la Santísima Virgen del Camino, desde su santuario, colme de fortaleza y de alegría a todos cuantos la invocan o la recuerdan con amor allí donde moran o trabajan.

+ Julián, Obispo de León

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