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2018 Agosto - SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

(Santa Iglesia Catedral, 15-VIII-2018)  "Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador"

  Ap 11,19.1-6.10; Sal 44               1 Cor 15,20-26                Lc 1,39-56

          “Alegrémonos todos en el Señor  al celebrar este día de fiesta en honor de la Virgen María:
de su Asunción se alegran los ángeles y alaban al Hijo de Dios” (Ant. de entrada)

            Excmo. Cabildo catedral, queridos fieles cristianos que participáis en esta celebración:

            Alegrémonos todos en el Señor” como nos invita la liturgia de este día en que celebramos el tránsito de María de la tierra al cielo, brillando desde entonces para todo el pueblo cristiano “como señal de esperanza segura”. Hoy no es solamente la liturgia la que nos invita a celebrar con alegría esta jornada. Es también la propia protagonista de la fiesta, la Santísima Virgen, la que comparte con nosotros su gozo personal en las palabras del “Magnificat” al decir: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1,46). Alegrémonos, pues, y compartamos la festividad de la Asunción, sin duda la fiesta del calendario más extendida entre nosotros después de la Navidad. Son incontables los pueblos que celebran a Nuestra Señora por toda la geografía diocesana y española. Además, es la fiesta de nuestra Catedral, cuya pulcritud es reflejo de la belleza de María.

  1. María “señal de esperanza segura” para todos nosotros

     Fue el  Concilio Vaticano II, después de hablar de la Iglesia, el que nos dejó esta hermosa afirmación sobre María Santísima: «La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo» (LG 59). Estas palabras evocan la visión descrita en la primera lectura que hemos escuchado y que presentaba a una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12,1). Es una imagen grandiosa. Los artistas representan con frecuencia a María adornada con estos elementos maravillosos, aplastando incluso con su pie a la serpiente en alusión también al pasaje bíblico que anunciaba la victoria de la nueva Eva sobre el espíritu del mal que amenazaba con devorar al hijo de la Mujer apenas naciera (cf. Gn 3,15). Un peligro que fue real en el episodio de la matanza de los inocentes por Herodes, de la que se libró el Niño Jesús.

            María, por tanto, es la Mujer que ha vencido al Maligno porque Dios la protegió desde el primer instante de su ser. En la primera lectura se decía también: “Se ha restablecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo” (Ap 12, 10). Por eso debemos confiar totalmente en María, asirnos fuertemente a su mano y dejarnos guiar por su ejemplo y su palabra. El Señor ha estado siempre con Ella y con todos los que se acogen a su amparo y protección. No en vano, como dije antes, María brilla siempre como “señal de esperanza segura” (LG 68) y el pueblo cristiano le dice y le canta incansablemente: “vida, dulzura, esperanza nuestra”.

  1. El misterio de la Asunción de María a los cielos

     Pero la fiesta de hoy nos ofrece también una hermosa catequesis -si podemos hablar así- acerca del final de nuestra vida terrena, precisamente sobre esa misma base de la esperanza segura” que descubrimos en María. Este aspecto nos lo ofrece san Pablo en la segunda lectura de hoy, una reflexión muy importante que arroja no poca luz sobre ese hecho incontestable al que estamos asistiendo cada día y que es la realidad de la muerte. Sin embargo el apóstol contempla esa realidad partiendo del hecho central de la historia humana y de nuestra fe que es la resurrección de Jesucristo, «primicia de los que han muerto» (1 Cor 15,20) y, por tanto, fundamento de nuestra esperanza.

     El apóstol nos recuerda que ser cristianos significa creer que Cristo ha resucitado.  Nuestra fe se basa en esta verdad fundamental, que no es una idea sino un acontecimiento real. También el misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos se inscribe completamente en la resurrección de Jesucristo. La humanidad de la Madre ha sido atraída y asociada por el Hijo a su propio paso de la muerte a la vida. Dicho de otro modo: María, que estaba unida a Cristo de un modo tan íntimo y profundo -no en vano era su Madre- merecía disfrutar también de esa realidad de la vida eterna en la que Jesús entró definitivamente en su resurrección y ascensión al cielo. Por eso creemos, efectivamente, que la Madre, que lo siguió fielmente durante esta vida, entró también con él en la otra vida, la que llamamos la vida eterna o el cielo, la casa del Padre.

  1. Del gozo de María a la alegría de toda la Iglesia

     ¿Cómo no vamos a alegrarnos en esta fiesta de la Asunción de María a los cielos?  Inmersos en el Misterio pascual de Jesucristo desde nuestro bautismo, hemos sido hechos partícipes de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte. Aquí está el secreto sorprendente y la realidad clave de toda la historia humana. Debemos abrir nuestro corazón a la esperanza y al gozo esforzándonos también en alejar de nosotros el pecado porque, como nos recordaba san Pablo, la muerte ha sido ya vencida y destruida en la resurrección de Cristo y, podemos añadir, en el misterio de la Asunción de María a los cielos. Por eso no sólo pesa sobre la humanidad esa mala herencia que nos dejó Adán, sino que por el bautismo hemos sido «incorporados» también al hombre nuevo que es Jesucristo resucitado.

            Alegrémonos, pues, y hagamos nuestro el Canto de María que escuchábamos en el Evangelio: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” (Lc 1,46-47).  Este canto de alabanza y de júbilo tiene en el marco de la fiesta  de la Asunción un significado especial. Por una parte expresa la alegría de la Mujer que había recibido el gozoso anuncio de ser la Madre del Hijo de Dios y que se congratulaba también de la futura maternidad de su pariente Isabel que había concebido un hijo a pesar de su vejez (cf. Lc 1,36). Pero, por otra parte, responde también a la conciencia que María misma tiene de las “obras grandes” que Dios estaba haciendo en ella (cf. Lc 1,49). Entre esas obras la Iglesia, por boca del papa Pío XII el año 1950, reconoció como una verdad de nuestra fe lo que conocemos como el misterio de la “Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma a los cielos”, una verdad que mucho antes de ser definida y proclamada por Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, era profesada, celebrada y vivida por el pueblo cristiano. La prueba la constituyen las innumerables fiestas patronales que llenan la geografía en el día de hoy.

            Alegrémonos, pues, con las propias palabras de la Virgen (cf. Lc 1,46) y celebremos como conviene esta fiesta de su Asunción a los cielos. Y compartamos también nuestra esperanza, alegres y convencidos de que la “La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro” (LG 68).

                                                                                   + Julián, Obispo de León

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