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2018 Junio - SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

(S.I. Catedral, 14-VI-2009)
 "Mediador de una Alianza nueva"

            Ex 24,3-8; Sal 115              Hb 9,11-15               Mc 14,12-16.22-26 
 “Cristo es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados" (Hb 9,15a.)

          Hoy, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el evangelio nos ha introducido espiritualmente en el Cenáculo, cuando el Señor, durante la última Cena con sus discípulos, anticipó bajo los signos del pan y del vino tomados de la mesa, el sacrificio que iba a consumar al día siguiente en la cruz. La Iglesia, en esta fiesta como en todas las demás del calendario cristiano pretende, entre otros fines, estimular nuestra memoria no solamente para que recordemos mentalmente las verdades de nuestra fe sino para que, celebrando la realidad que contienen, es decir, el acontecimiento de vida y de salvación, recibamos su eficacia santificadora. Evocando lo que sucedió históricamente entonces, nos reunimos hoy en torno al misterio, siempre vivo y actual, de la Eucaristía para agradecer a nuestro Redentor la institución de este Sacramento admirable festejando y adorando lo que representa.

1.- La solemnidad de hoy es una celebración memorial

        Acabamos de escuchar en el evangelio según san Marcos el relato de aquella memorable Cena que tuvo lugar en el ambiente conmovedor de la despedida de Jesús, nuestro Salvador, la víspera de su pasión. Deseoso de manifestar su amor hacia los discípulos de entonces y  hacia los que vendrían después, inauguró un modo totalmente nuevo de hacerse presente entre los suyos hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,20). Por eso instituyó el sacramento de la Eucaristía mientras celebraba la Pascua. A los discípulos nos corresponde agradecer, en la fiesta de hoy y en todas las ocasiones que se nos presenten, aquel gran gesto del Señor que anticipaba además, mediante los signos del pan y del vino consagrados, el sacrificio que se consumaría al día siguiente en la cruz: En efecto, “mientras comían, tomó pan y pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: ’Tomad, esto es mi cuerpo’. Después tomó el cáliz… y les dijo: ‘Esta es mi sangre de la alianza" (Mc 14, 22-23).

       Por eso, cada vez que celebramos la Eucaristía, repetimos estas palabras pronunciadas por el Señor en la última Cena y realizamos los mismos gestos que actualizan para nuestro bien su sacrificio redentor y su entrega como pan de vida eterna (cf. Jn 6,48 ss.). Dicho de otro modo, lo que estamos haciendo no es un mero recuerdo evocador de aquel hecho sino la acogida de su presencia, real y verdadera, en el pan y el vino consagrados, los elementos que el Señor tomó de la mesa de la última Cena para dejarnos en ellos su Cuerpo y su Sangre en memoria suya como se ha proclamado en el evangelio.   

  1. Significado teológico y espiritual de la Sangre de Cristo

       Las otras lecturas de esta solemnidad se refieren particularmente a la Sangre de Cristo, un aspecto del misterio eucarístico que tiene una especial fuerza y significado. El Señor no solo nos dio a comer su Cuerpo sino que nos ofreció también su Sangre al decir: “Esta es mi Sangre de la Alianza, que es derramada por muchos” (Mc 14,24). Estas palabras a las que no siempre prestamos la debida atención, contienen una muy significativa referencia a los sacrificios que formaban parte, muy importante por cierto, en el culto de Israel e incluso de los ritos de no pocas religiones antiguas. Pero su alcance va más lejos.

      En efecto, la mención de la sangre “derramada por muchos” es una clara referencia al “Siervo de Yahvéh” anunciado por el profeta Isaías (cf. Is 52,13-53,12). Al hacer esta alusión, Jesús se presentaba él mismo como el verdadero “Siervo” señalado por Juan el Bautista como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29) y cuya muerte en la cruz fue el sacrificio pascual que realizó la redención de todos los hombres (cf. 1 Cor 5,7; cf. 1 Pe 1,19).  

        No olvidemos este aspecto del misterio de la Eucaristía. Acostumbrados como estamos a recibir la comunión tan solo bajo la especie de pan, quizás no valoramos suficientemente la referencia a la Sangre derramada para el perdón de los pecados, que se encuentra explícita en las palabras de la consagración del cáliz. Dicha referencia pone de relieve el carácter de la Eucaristía como sacrificio verdadero para el perdón de los pecados, dando cumplimiento también a lo que significaban los sacrificios de la Antigua Alianza sancionada en el Sinaí y a los que aludía la primera lectura de hoy (cf. Ex 24,5ss.).

  1. La Eucaristía, signo de unidad y vínculo de caridad

        En este sentido las lecturas nos invitan también a contemplar y celebrar el Misterio eucarístico desde la perspectiva de la alianza, realidad mencionada expresamente en las palabras de la consagración del cáliz y que he citado anteriormente al aludir a la Sangre de Cristo. ¿A qué Alianza se refiere el Señor? ¿Qué quiso decir mediante esta alusión al ofrecer su sangre “derramada por muchos”?

      La palabra “alianza” significa pacto, compromiso común, unidad profunda, comunión compartida. Ya en el Antiguo Testamento y sobre todo en el Nuevo, por medio de Jesucristo, Dios manifestó su voluntad de que sus hijos formásemos un pueblo unido, basado en la fraternidad y, en definitiva, en el amor y no solo en un pacto externo. Frente a la tentación constante de separarnos e incluso de oponernos los unos a los otros, Él ha llamado a la humanidad a la comunión por medio de sus enviados, los profetas, los sacerdotes y, sobre todo, por medio de su Hijo Jesucristo. Por este motivo la Eucaristía es siempre signo de unidad y vínculo de caridad. Celebrarla como rito y recibirla como sacramento nos ayudará a superar nuestras diferencias y a encontrarnos en el amor.

          La Eucaristía es, por tanto, realización de la alianza que Dios ha querido mantener viva entre nosotros como expresión del amor de Cristo que dio su propia vida para que cada uno de nosotros la tuviéramos en abundancia y la compartiéramos permaneciendo unidos (cf. Jn 6,53ss.; 10,10). Participando en la Eucaristía alimentamos la fe y sobre todo la caridad fraterna, perseverado en un camino que no admite divisiones ni otras formas de egoísmo.

         No olvidemos que hoy es también el día de Caridad, esta vez bajo el lema “Tu compromiso mejora el mundo”. La jornada nos invita a compartir lo que somos y tenemos con las personas menos favorecidas. Con palabras del papa Francisco: Participando en la Eucaristía y alimentándonos de ella, somos introducidos en un camino que no admite divisiones. El Cristo presente en medio de nosotros, en el signo del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere toda laceración, y al mismo tiempo se convierta en comunión también con el más pobre, apoyo para el débil, atención fraterna hacia quienes luchan por sostener el peso de la vida diaria, y están en peligro de perder la fe” (4-VI-2015).

+Julián, Obispo de León

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