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2018 Mayo - HOMILIA EN LA CELEBRACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS

con ocasión de la presencia del “Lignum Crucis” de Santo Toribio de Liébana
(S.I. Catedral de León, 5 de mayo de 2018)

“Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo”

Fil 2,6-11;           Sal 77             Jn 3,13-17

          Sobre el altar de nuestra Santa Iglesia Catedral está la reliquia insigne de la Santa Cruz de nuestro Señor Jesucristo. Deseo, primeramente, aludir al significado teológico y espiritual de lo que contemplamos: la Cruz hace referencia al Sacrificio del Calvario, efectuado de una vez para siempre, en el que nuestro Redentor pagó la deuda terrible de nuestros pecados, comenzando por el que llamamos original con el que todos nacemos y que se borra en el Bautismo. Y el Altar es el lugar donde se actualiza dicho acto de amor y de reconciliación pues “cuantas veces se celebra el Memorial del Sacrificio de Cristo, se actualiza la obra de nuestra redención” (Misal Romano).

          Esta sagrada reliquia, traída de Tierra Santa a Astorga en el siglo V y trasladada a las montañas de Liébana en el siglo VIII ante la invasión sarracena, se venera en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, perteneciente a nuestra diócesis el año 1954. En el año 1936, para evitar el peligro de profanación, el sacerdote encargado del santuario, D. Francisco Galiante, cuya causa de beatificación por martirio está en curso, ayudado por sus familiares, sustituyó la reliquia por unos trozos de madera vieja escondiendo el sagrado leño. Más tarde, en septiembre de 1938, la reliquia fue colocada de nuevo en su lugar por el entonces obispo de León Mons. Carmelo Ballester según consta en el proceso canónico custodiado en nuestro Archivo diocesano. En León se conservan también pequeñas esquirlas del Santo Madero en la catedral, en la parroquia de Santa Marina y en la parroquia de Castilfalé.

            Al contemplar este signo evocador de quien nos “amó hasta el extremo” (cf. Jn 13,1), debemos recordar siempre la afirmación del evangelio: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Acerquémonos siempre a Nuestro Señor Jesucristo para decirle con fe como el Apóstol Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).

          Hoy tenemos, pues, una ocasión para reconocer que la Santa Cruz que remata nuestras iglesias, preside nuestros altares y es venerada en las casas de los creyentes, es siempre una Cruz habitada para que adoremos a quien en ella se entregó voluntariamente a la muerte para salvarnos. Una Cruz habitada por quien “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38). Una Cruz habitada por el Señor de la gloria. No olvidemos esto: En la Cruz vemos al Crucificado pero creemos en el Resucitado, porque de su costado abierto siguen brotando la sangre y el agua, los símbolos de la Eucaristía y del Bautismo (cf. Jn 19,34), los sacramentos de la Iglesia que dan la vida a la Iglesia, la Esposa del Cordero (cf. Ap 21,9).

+Julián, Obispo de León

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