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2018 Marzo - DOMINGO DE PASCUA: SOLEMNE VIGILIA PASCUAL

(S.I. Catedral, 31-IIII-2018)
"El Señor reina ahora vivo y glorioso”

             Gn 1,1-31; 2,1-2; etc.; Sal 117              Rm 6,3-11                    Mc 16,1-8

                        ¡Resucitó Cristo, nuestra esperanza!
¡Celebremos la nueva Pascua
con los panes ázimos de la sinceridad y de la verdad!
¡Aleluya!

                       ¡Feliz Pascua! En todas las iglesias del orbe cristiano resuena alegre el mismo anuncio: ¡”El Señor de la vida que había muerto, reina ahora vivo y glorioso”! Dejemos que este gozo inunde nuestras vidas y procuremos extenderlo para que todos sepan que la humanidad ha sido redimida por Jesucristo resucitado, vencedor para siempre del pecado y de la muerte. Compartamos ahora esta alegría para llevarla después, como una invitación a la esperanza, a quienes la necesitan o desconocen. De este modo, así como al principio de la celebración de la vigilia nos pasábamos la luz de Cristo unos a otros, ofrezcamos también a las personas de nuestro entorno la alegría y la paz de Jesucristo Resucitado.

  1. La Resurrección de Jesucristo, fundamento de nuestra fe

            Se acaba de proclamar la buena nueva de la resurrección, esta vez según el relato del evangelista san Marcos, el discípulo de Jesús que algunos identifican con el muchacho que, envuelto en una sábana, fue siguiendo los pasos del Señor desde el prendimiento en el huerto hasta la casa del Sumo Sacerdote y al que intentaron también detener, pero que se escapó soltando la sábana. Fuera o no aquel muchacho, el hecho es que San Marcos nos ha dejado detalles muy personales de la pasión de Cristo, propios de un testigo ocular. El ha relatado en su evangelio que los discípulos de Jesús, a raíz de la escena de la transfiguración, al decirles su Maestro que no dijeran nada hasta después de resucitado de entre los muertos,  discutieron entre ellos sobre qué había querido decir (cf. Mc 9,9-10). El Señor les había hablado de su futura muerte y resurrección (cf. 9,31), pero no lo comprendieron entonces.

            ¿No nos sucederá esto mismo a nosotros, aun cuando desde niños aprendimos a confesar nuestra fe en la resurrección de Jesús y en la vida eterna con las palabras del Credo? ¿Qué podemos decir ahora acerca de ese acontecimiento, de lo que supone y significa? Ciertamente es algo que rebasa nuestra experiencia y nuestros conocimientos, aunque sí comprendemos lo que significa la muerte. La resurrección nos parece algo imposible, irreal y ajeno a la experiencia humana. Y sin embargo la Iglesia nos trasmitió esta verdad de fe y nos la sigue mostrando no solo como una realidad cumplida ya en Jesucristo sino también como una promesa de esperanza para todos los hombres.

  1. La resurrección de Jesucristo, fuente de luz y de esperanza

            Recordad que empezábamos esta vigilia a oscuras, y que se encendió una luz que después se fue multiplicando en las manos de todos los presentes hasta terminar iluminando toda la catedral. Más adelante comenzaron las lecturas de la palabra de Dios: la primera era el relato de la creación del mundo que empezó cuando dijo Dios: “Exista la luz. Y la luz existió” (Gn 1,13). Esto fue solo el principio de la obra de la creación de este mundo maravilloso en el que habitamos los seres vivos ocupando un pequeño planeta pero lleno de vida y de luz. No en vano dice san Juan al comienzo de su evangelio: “En él (en Dios) estaba la vida y la vida era la luz de los hombres”  (Jn 1,4).

            Así fue también la resurrección de Jesús, fundamento de la esperanza en la vida eterna. Fue como un chispazo de luz, un relámpago, cuya energía no solo venció la oscuridad de la muerte sino que rompió igualmente las cadenas del pecado. En efecto, la restauración de todo lo creado, incluyendo al ser humano, dio comienzo cuando Jesucristo volvió a la vida. He aquí, pues, el origen de nuestra propia regeneración o nuevo nacimiento por medio del bautismo, comienzo también de una nueva humanidad.  Así lo explicó el propio Señor: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios… Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu…’Tenéis que nacer de nuevo’” (Jn 3,3a.6.7b).

            A partir de la resurrección del Señor, una luz nueva y divina se ha encendido en nosotros y en el mundo llenándolo de alegría y de esperanza, de la misma manera que nuestra catedral, levemente iluminada al comienzo de esta celebración por la luz del cirio pascual, se vio de pronto radiante de luz. Por eso, “esta es la noche de la que estaba escrito: ‘Será la noche clara como el día, la noche iluminada por el gozo’” (Pregón pascual).

  1. La Resurrección de Jesucristo, fuente de alegría y de libertad

            Se comprende por qué en esta noche santa se desbordan de alguna manera los signos festivos de la celebración pascual. Se puede decir que toda la liturgia está impregnada de alegría. Para que valoremos lo que representa este gozo de la Iglesia que lo quiere compartir con todos sus hijos y aun con toda la humanidad, debemos fijarnos en todos los signos de esta celebración, pero señalaré tan solo uno, especialmente significativo. Me refiero al canto del “aleluya”, la aclamación pascual por excelencia, que ha estado ausente durante toda la cuaresma en nuestras celebraciones y que hoy ha vuelto a resonar con especial énfasis inmediatamente antes de la lectura del Evangelio de la resurrección.

           El Aleluya es una palabra que reúne y sintetiza otras dos, ambas de la lengua hebrea, “hallĕlū-Yăh. La exclamación significa literalmente “alabad al Señor” (Yavéh), y aparece ya en la Biblia, incluido el Nuevo Testamento (cf. Ap 19,1-6), pasando después a la liturgia cristiana. El conto del Aleluya es la expresión de la alegría y del gozo que el ser humano experimenta en la presencia de Dios y que no puede sino compartir con los demás invitándoles a unirse a su alabanza y acción de gracias. Pero tiene también un especial significado pascual semejante al himno cantado por Moisés y los hijos de Israel después de atravesar el Mar Rojo (cf. Ex 15,1ss.). De la Biblia pasó a la Vigilia pascual como el cántico de los recién bautizados y de todos los que en esta noche y durante todo el tiempo de Pascua debemos recordar, alegres, la gracia de nuestro bautismo. Que este sea hoy también nuestro gozo y nuestro canto: ¡Amén! ¡Aleluya!

 +Julián, Obispo de León

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