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2018 Marzo - DOMINGO DE RAMOS - MISA ESTACIONAL

(S.I. Catedral, 25-III-2018)
"Siendo de condición divina  no retuvo el ser igual a Dios”

Is 50,4-7; Sal 21;          Fl 2,6-11                      Mc 14,1-15,47

Los que iban delante y detrás, gritaban:

 «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»  (Mc 1, 9).

Nuestra celebración eucarística del “Domingo de Ramos en la Pasión del Señor” comenzaba con la bendición de las palmas y la procesión que nos ha traído hasta la catedral conmemorando la entrada de Jesús en Jerusalén. De este modo hemos inaugurado la Semana Santa, la semana mayor del año cristiano. Jesús ha venido con nosotros representado en el grupo escultórico que reproduce la escena evangélica atrayendo las miradas de todos pero especialmente el entusiasmo de los más pequeños. Pero ahora su presencia se percibe de otro modo, más espiritual para nuestra fe y oración. Él había dicho: donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).   

1.- Significado de la entrada de Jesús en Jerusalén

     Nos disponemos, un año más, a celebrar piadosamente los misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. No debemos descuidar esta presencia suya, invisible pero verdadera, espiritual pero eficaz, no solo en las procesiones por las calles y en los pasos que representan los distintos momentos de la última etapa de la vida terrena de Jesús sino también, y muy especialmente, en los ejercicios piadosos y en las acciones litúrgicas en el interior de las iglesias cuando se proclaman la palabra de Dios y los relatos evangélicos y se celebra la Eucaristía.

            Jesús entró en Jerusalén, la ciudad santa, montado en un asno que le prestaron para esta ocasión, mostrando su mansedumbre y humildad, siendo recibido con gran alegría por los pequeños y los mayores. Los evangelistas nos dicen que el entusiasmo de aquel momento fue muy grande; pero solamente después de los acontecimientos de la pasión y de la resurrección del Señor se comprendió el verdadero significado de aquella entrada. Como se lee en el Evangelio según san Juan, se cumplió lo anunciado por el profeta Zacarías:Decid a la hija de Sión: ‘Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila’” (Jn 12,15; cf. Za 9, 9).

A la luz de esta y otras profecías se revela el alcance de la actuación de Jesús que entra en Jerusalén como Mesías y rey de paz para acoger a los pobres y a los sencillos, a los humildes y a los pacíficos, a los mansos y a los limpios de corazón, a los que lloran y a los que consuelan, a los misericordiosos y a los necesitados de misericordia. En una palabra, a todos los que se esfuerzan en poner en práctica el espíritu de las bienaventuranzas. Jesús entró en la ciudad santa para hacer realidad la invitación que había hecho un día contemplando la muchedumbre que lo seguía, cansada y hambrienta: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,28-29).

 2. La pasión de Cristo, signo y garantía de nuestra salvación

            El Mesías que entró en Jerusalén iba en realidad a enfrentarse a una terrible pasión que culminaría con la muerte en la cruz a la que seguirían la sepultura y la resurrección. El drama de Jesús no ha hecho más que empezar. Por eso la Iglesia designa el día de hoy como “Domingo de Ramos en la Pasión del Señor”. ¿Qué significa esto? Ante todo una cosa, que no hay glorificación sin sufrimiento, que no hay victoria sin lucha y que no hay resurrección sin muerte previa. Lo había anunciado también el Señor tomando un ejemplo de las labores agrícolas: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).  

            Esta es la razón y el significado de la lectura de la Pasión del Señor el Domingo de Ramos, este año según el evangelista san Marcos. Y este es el verdadero contenido y finalidad espiritual de la Semana santa: conmemorar, revivir, actualizar el Misterio pascual de Jesucristo. El gran drama, trágico y victorioso a la vez, de la pasión, muerte y resurrección gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, no sucedió solamente en aquel tiempo entre la ciudad santa de Jerusalén y el monte Calvario, sino que se verifica constantemente en la historia humana y en la vida de tantos hombres y mujeres, especialmente en los inocentes. La pasión y la muerte del Señor, preludio -no lo olvidemos- de la resurrección, no ha terminado aún. Sigue verificándose de una manera real en todo ser humano que sufre, y de una manera simbólica pero efectiva en quienes, como creyentes en Cristo, se esfuerzan en vencer el pecado en cualquiera de sus manifestaciones o gastan su vida en servicio de los demás. 

            De una forma o de otra, la pasión de Cristo es una realidad misteriosa que purifica y reconcilia, que lava las culpas y devuelve la inocencia, que reconcilia al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás seres humanos. De ahí la necesidad e incluso el mérito de no contentarse con ver las procesiones de estos días o participar en ellas oculto el rostro por el caperuz, sino tratando de interiorizar lo que se ve y se siente. La Semana Santa no puede reducirse a espectáculo porque es un momento de gracia de Dios, de meditación ante el dolor de Cristo y de su Madre Santísima, de arrepentimiento de los pecados y de confianza en la fuerza renovadora de la Pascua, garantía de nuestra salvación. Que el Señor nos conceda a todos vivirla de este modo.

+ Julián, Obispo de León

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