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2018 Febrero - FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

Jornada Mundial de la Vida Consagrada   (Parroquia de San Lorenzo, 2-II-2018)  - "Encuentro con el amor de Dios"

Mal 3,1-4; Sal 23                   Hb 2,14-18                  Lc 2, 22-40

           Un año más nos reúne esta hermosa y antiquísima fiesta del calendario cristiano, conmemorativa de la Presentación del Señor en el templo. Una fiesta que tiene su origen en la escena evangélica que se acaba de proclamar y cuyo protagonista es el Niño Jesús en los brazos de su Madre. Una fiesta de María también que, irradiando su sublime virginidad, aparece obediente y dispuesta a una purificación, innecesaria a su maternidad divina, y realizando un rito determinado por la ley de Moisés como recuerda el evangelio (cf. Lc 2,22-23). Hoy tiene lugar, además, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

1.- El valor de la ofrenda religiosa 

Tal y como hemos escuchado, Jesús Niño fue llevado al templo y presentado al Señor. Según la ley de Moisés la vida del hombre, especialmente del primogénito, pertenece a Dios (cf. Ex 13,12). Es este un aspecto muy importante que avala la jerarquía religiosa de los valores transcendentales, aunque en nuestra cultura secularizada no se quiera tener en cuenta. Pero Dios es lo primero, Dios lo es todo, de manera que el acto principal e ineludible de nuestra existencia, es el acto religioso, la adoración, la ofrenda e incluso el sacrificio personal que hace de la religión una profesión del amor.

Es importante recordar este aspecto porque vivimos en una sociedad cada día más secularizada y, por lo mismo, más alejada de los valores humanos más elevados que son precisamente los religiosos. Pero nosotros tenemos otro motivo más gozoso para celebrar la fiesta de la Presentación del Señor. Hoy habéis sido especialmente convocados quienes habéis hecho de vuestras vidas una ofrenda mediante la profesión religiosa. Reconocer el valor de los actos de la religión como la oblación insinuada en el relato evangélico de la presentación del “primogénito”, el Niño Jesús en el pasaje que se ha proclamado, supone aceptar la jerarquía de aquellos valores que ninguna forma de secularización o de increencia puede anular.

En este sentido la fiesta de hoy nos viene a recordarnos a todos que la religión es una realidad necesaria, un valor espiritual en sí mismo que ni la increencia ni el olvido del factor religioso puede negar ni desprestigiar, porque atentaría contra la auténtica idea del hombre y de las cosas. Reconociendo la religión, aceptamos una concepción auténtica y existencial de la vida, de la naturaleza y del mismo ser humano. San Pablo afirmó en una de sus cartas: “Que nadie se engañe… el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1 Cor 3,18.22-23).

2.- Significado de la fiesta para la Vida consagrada

            La fiesta de la Presentación del Señor tiene, por tanto, un significado especial para todos los fieles cristianos, pero singularmente para vosotros, los religiosos y las religiosas, y para quienes de un modo o de otro han hecho de sus vidas una ofrenda a Dios. Para estas personas, Jesús es el modelo, la referencia esencial y al mismo tiempo el apoyo y el estímulo. Nos lo recordaba la segunda lectura: Jesús, para parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere” (Hb 2,17), se manifiesta desde el primer momento de la encarnación como el intérprete y ejecutor de la voluntad del Padre. Como se dice en otro lugar de la “Carta a los Hebreos”: el Hijo de Dios al entrar en el mundo dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo… Entonces yo dije: He aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad (Hb 10,5.7). Para Jesús hacer la voluntad del Padre que lo envió, era algo tan vital y necesario como la comida. Recordemos su respuesta cuando los discípulos le instaban a que comiese: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió”  (Jn 4,34; cf. 6,38).  

La existencia entera de Cristo en este mundo estuvo marcada siempre por esta sintonía, profunda y dinámica a la vez, con la voluntad divina culminando, como sabemos, en Getsemaní donde el hombre Jesús, en lo más profundo de la soledad y de la angustia ante la muerte cercana llega a decir por tres veces: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». (Mt 26,39). San Pablo aludió a esta profunda actitud al afirmar: “Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte,  y una muerte de cruz” (Fl 2,8). La escena de la Presentación del Señor, ofreciendo como los pobres un par de tórtolas (cf. Lc 2,23-24), presagiaba ya la oblación suprema de sí mismo en la cruz.  

“La obediencia, afirmaba la Exhortación Apostólica “Vita Consecrata” de san Juan Pablo II, practicada (por los consagrados y consagradas) a imitación de Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), manifiesta la belleza liberadora de una dependencia filial y no servil, rica de sentido de responsabilidad y animada por la confianza recíproca, que es reflejo en la historia de la amorosa correspondencia propia de las tres Personas divinas” (n. 21). “Belleza liberadora”, “dependencia filial”,  “animada por la confianza” son expresiones muy bellas y estimulantes para hacer de la obediencia y de las demás virtudes de la vida consagrada, no solo una fiel imitación de Cristo sino también la expresión de una gozosa vinculación personal a sus actitudes y sentimientos (cf. Col 1,24).

3.- El “Año pastoral diocesano vocacional”

               Antes de terminar la homilía en esta liturgia especialmente orientada entre nosotros a la Vida Consagrada, deseo recordar también que estamos celebrando en la diócesis un “Año pastoral diocesano vocacional” abierto a todas las vocaciones pero especialmente al sacerdocio, al diaconado y a la vida consagrada. Con esta iniciativa pastoral, orientada no solo a la reflexión y a la oración por las vocaciones sino también a la tarea de suscitarlas y cultivarlas, pretendemos salir al paso de la gran la penuria que estamos padeciendo de todas estas vocaciones, sin olvidarnos tampoco de la misión de los laicos en la Iglesia y en la sociedad. Renunciar hoy, por cautela o por miedo, a la función de promover las vocaciones por todos los medios a nuestro alcance, sería casi suicida en nuestra diócesis y en nuestras comunidades parroquiales y religiosas.

            En este sentido la Jornada de hoy nos ofrece una ocasión no solo para pedir al dueño de la mies que mande operarios (cf. Lc 10,2) sino también para que nos estimule a todos, ministros ordenados, religiosos y religiosas, fieles consagrados y consagradas, miembros de sociedades de vida apostólica, familias y fieles laicos, a dar testimonio de nuestro encuentro personal con el amor de Dios. Un encuentro transformador, gozoso y estimulante, redentor y generador de alegría y de esperanza, de misericordia y de amor, para nosotros mismos y para todas las personas con las que nos relacionamos y a las que hemos de ayudar y servir.

La vocación, toda forma de vocación, nace y renace como un encuentro personal con el amor de Dios. Este es el secreto de toda vocación. Lo fue también para la Santísima Virgen María. Ella está presente hoy en el recuerdo del rito que cumplió al presentar a su Hijo en el templo. Ella, humilde y purísima, escuchó en silencio las alabanzas dedicadas al Niño Jesús en los brazos del anciano Simeón. En María el misterio se hizo acontecimiento, y el acontecimiento se hizo amor, un amor inefable, generoso, abierto y fecundo.

+ Julián, Obispo de León

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